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1.- Nuestra gratitud….
Con la mayor ilusión y vivencia flamenca, adquiridas en este noble oficio de “Cantaores”, hemos querido rendir homenaje póstumo a dos grandes poetas que se distinguieron por su amor y defensa del arte flamenco: Federico García Lorca y Miguel Hernández. Nadie vea, pues, en la edición de este disco compacto, otra finalidad que nuestro humilde reconocimiento. Nunca es tarde, aunque acaba de pasar el centenario del nacimiento del poeta de Orihuela (Alicante), para cumplir con un compromiso que el mundo flamenco debe a tan ilustres poetas y dramaturgos.
Nos ha parecido conveniente y didáctico presentar este ramillete de estilos flamencos acompañados de una brevísima explicación sobre la similitud entre “Poesía y Flamenco” que, conforme a nuestro criterio, es de capital importancia para comprender debidamente a cualquier vate que se haya acercado a él con humildad y reverencia. Porque el Flamenco es mucho más profundo y poético de lo que los mismos aficionados pudieran creer, partiendo de que el arte flamenco es, en sí mismo, una forma de poesía, es decir, “creación”, significado etimológico de “poieseis”/poesía.
Por tal motivo, no tengo la más mínima duda en afirmar categóricamente que mientras haya poesía, habrá flamenco. Ambas manifestaciones artísticas coinciden en su temática: EL HOMBRE. Nacimiento, vida, muerte, sentido de la existencia, el más allá, la nada y otros interrogantes que se hace el hombre determinan la esencia de la Poesía y del Cante.
El Flamenco (Cante, Baile y Toque) es algo más que una música popular y un conjunto de tradiciones y costumbres. El valor musical y filosófico del mismo va más allá de “lo folclórico”. El flamenco, históricamente considerado, ha sido la “expresión vivencial” de una comunidad marginada: portadora -¡cómo no! - de valores literarios, psicoantropológicos y musicales del Arte Flamenco.
Nuestro análisis es, por tanto, rigurosamente como “intérpretes”:qué sentimos cuando cantamos, por ejemplo, malagueñas, soleares, seguiriyas, cañas, tonás…, e intentamos expresar esas “vivencias” que calan en los oyentes hasta dejarlos fuera de sí. El cante tiene, como principio y finalidad, manifestar el mundo íntimo, personal y apasionado del intérprete. Por ello, pienso –criterio subjetivo – que jamás un cantaor será un rapsoda de hazañas o aventuras exteriores de un pueblo, ni siquiera de una familia. El cante supone, pues, la exteriorización de un determinado estado de ánimo, y también un peculiar y congénito estilo de vida. Lo que el cantaor busca es transmitir a unos concretos testigos su historia personal, vivida – escribe J. M. Caballero Bonald – en las cavernas de su propio instinto o reabsorbido a través de un patético y familiar aprendizaje humano.
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