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escrito por Alfredo Arrebola
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INTRODUCCION. Esta piedra que vemos levantada Sobre hierbas de muerte y barro oscuro Guarda lira de sombra, sol maduro, Urna de canto sola y derramada. Desde la sal de Cádiz a Granada, Que erige en agua su perpetuo muro, En caballo andaluz de acento duro Tu sombra gime por la luz dorada. ¡Oh dulce muerto de pequeña mano! ¡0h música y bondad entretejida! ¡0h pupila de azor, corazón sano! Duerme cielo sin fin, nieve tendida. Sueña invierno de lumbre, gris verano. ¡Duerme en olvido de tu vieja vida! (F. García Lorca: “Epitafio a Isaac Albéniz”. Obras Completas, I, pág. 700.- Aguilar. Madrid, 1954). Señoras y Señores: No he tenido más remedio, siendo al mismo tiempo una sublime satisfacción espiritual, que recurrir a nuestro universal poeta granadino, el más ilustre de cuantos aparecieron sobre esta tierra nazarí, para evocar la memoria del más genial músico poeta enamorado de la belleza de nuestros cantos populares, compositor y pianista español: ISAAC MANUEL FRANCISCO ALBENIZ Y PASCUAL (Camprodón, Gerona; 29 de mayo de 1860 – Cambó-les Bains, Francia; 18 de mayo de 1909). Con Albéniz la música española adquiere carta de naturaleza y presencia universal. Este fue el soneto con el que Lorca se despedía de Isaac Albéniz, a pesar de haber transcurrido veintiséis años de su muerte, pero la figura de este gran compositor – escribe Muskilda Salar, Profesora de Música – “rondaba en la conciencia de esta ingrata España, que no supo ayudar a volar a un alma llena de amor por su país. A un alma que ansiaba inundar el mundo con la luz y el color que su querida España le invadía desde lo más profundo de sus entrañas” (Granada Costa, pág. 52, 31/Octubre/2009). Cuando hacemos referencia de autores ya desaparecidos, es común resaltar su gran obra maestra: la alabamos, admiramos y nos sentimos, además, orgullosos. Aquí es el momento donde musicólogos y críticos analizan cada nota, cada cadencia, cada modulación. Principio natural en todo proceso crítico. Es el momento de descubrir que ese juego de corcheas es capaz de transportarnos al corazón de Sevilla, sintiendo el redoble de los tambores que nos avisan de la llegada procesional o de esos giros dóricos que han logrado en nosotros evocar la escarpada Serranía de Ronda. Es fácil admitir que cada persona tiene una búsqueda, una meta en la que nos dejamos la vida. En esta misma línea está el pensamiento de Paulo Cohelo, quien afirma: “El universo conspirará para que consigamos nuestra leyenda personal”. Y así podemos comprobar perfectamente que la leyenda personal de Isaac Albéniz era la búsqueda de un lenguaje sonoro del mismo nivel que el lenguaje de la naturaleza. |
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escrito por Alfredo Arrebola
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Uno de los propósitos de mi vida artística es, sin duda, dar a conocer qué sentido tiene la religiosidad en el flamenco, arte que vengo cultivando desde mi infancia. Nada de extraño tiene que uno de mis discos lleve por título “Mi Cante es una Oración” (Málaga, 1988). Estas palabras son el fruto de una profunda reflexión y vivencia cantaora:
MI CANTE ES UNA ORACION
Y HASTA CUANDO YO ME CALLO
VA REZANDO EL CORAZÓN”.
Siempre he pensado que cuando el que ora es músico y poeta, la plegaria es entonces un sutil destello del Dios íntimo. San Agustín (354-430), el más ilustre de los Padres de la Iglesia, fue capaz de crear esta bellísima frase: ”Bis orat, qui bene psallit” (Reza dos veces, quien bien canta). Hace tiempo, un buen amigo me dijo: “El cante jondo no es sólo poesía ni sólo música sin alma. Vibra de espíritu, de esencias religiosas profundas. Es oración”. Y cuando esa intimidad – pienso – se expresa como liturgia ante la fe del pueblo, entonces música, poesía y oración son dos veces plegaria.
Soy creyente convencido y –cómo no- respetuoso al máximo con todo tipo de creencias. El Cante es, para mí, una “forma de religiosidad” en su sentido etimológico, semántico y filosófico. Todos hemos sufrido, a qué negarlo, el tormento de la duda religiosa, es decir, de la existencia y presencia de Dios. Compañera inseparable es ya la copla del inolvidable poeta y amigo Francisco Salgueiro:
POR AQUELLA NOCHE OSCURA
YO IBA BUSCANDO A DIOS,
SIN SABER QUE LO LLEVABA
DENTRO DE MI CORAZON”.
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escrito por Alfredo Arrebola
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LA MUERTE EN EL FLAMENCO. A Joaquín Rojas, “Ad perpetuam rei memoriam”.
¿Y si la muerte es la muerte,
qué será de los poetas
y de las cosas dormidas
que ya nadie las recuerda?
¡Oh sol de las esperanzas!
¡Agua clara! ¡Luna nueva!
¡Oh corazón de los niños!
¡Almas rudas de las piedras!
Hoy siento en el corazón
Un vago temblor de estrellas
Y todas las rosas son
Tan blancas como mi pena. ( Federico García Lorca: “Canción otoñal”).
Rauda y veloz me llegó la triste noticia de la muerte de mi gran amigo Joaquín Rojas Gallardo (23/02/04). Si triste es la muerte por su propia naturaleza, más triste es todavía cuando ésta sucede fuera de tu ambiente natural, sin el acompañamiento y consuelo de tus familiares. Pero más aún, cuando te enteras que un amigo fallece lejos, muy lejos de su patria. Así ha sido la muerte de Joaquín Rojas: en Italia: “ la densa miel de Italia / con el limón nuestro /iba en el hondo llanto del seguiriyero” que dijo Lorca de Silverio Franconetti, el más grande seguiriyero de la historia flamenca. ¡Cómo me gustaría cantarte a ti, Joaquín, esta misma copla que tú me acompañaste con tu joven pero ya maestra guitarra, cuando por primera vez yo canté en la tierra que sólo ha podido despedirte en la triste y fría tarde del 27 de febrero! Y.. ¡ a las cinco de la tarde!/ Eran las cinco en punto de la tarde... cuando la tierra pacense – tu amada y querida tierra – te acogió: Sit tibi levis, Joaquín! Y como creyente en Cristo, Camino, Verdad y Vida (Jn l4,6) él te habrá recibido en la gloria para que toques la guitarra y forméis la “Gran juerga en el cielo” con don Ramón Montoya (Manuel Benítez Carrasco), con Porrinas de Badajoz, Enrique el Cojo .....
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escrito por Alfredo Arrebola
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DIDASCALIA EL SENTIMIENTO MUSICAL DEL HOMBRE
Me ha parecido conveniente y útil comenzar estos breves comentarios por algo tan interesante en la vida de todo ser humano: La Música. Don Miguel de Cervantes, en su inmortal obra “Don Quijote de la Mancha”, ya nos habla de la importancia de la música en el hombre. Y de él son estas palabras: “…Me acogía al entretenimiento de leer algún libro, o tocar una harpa, porque la experiencia me mostraba que la música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu”. He creído oportuno reflexionar un momento acerca del “sentimiento musical del hombre” en general, y en particular de los esos hombres, no siempre bien recibidos, llamados “cantaores flamencos”. Y tal es así que puedo afirmar – tras una larga experiencia artística- que la música es, por su propia naturaleza metafísica, “algo innato”. Sin ella, me parece que no se podría concebir la vida, aunque haya alguien – rara avis – a quien no le guste la música.
El viejo refrán “quien canta, sus males espanta” no es sólo fruto de la sabiduría popular. Nada más lejano a la realidad. Porque se ha publicado recientemente un libro en Zurich (Suiza) que demuestra que la música cura enfermedades del cuerpo y del alma, rejuvenece e incluso aumenta la capacidad intelectual. En este trabajo se demuestra que contra el agobiante estrés de la durísima vida cotidiana, Mozart; para aliviar el dolor de cabeza, Bach; si uno se siente deprimido, oiga a Smetana. El médico vienés y reconocido practicante de la músicoterapia, Antón Nuemayr, afirma que “ya en la antigüedad se descubrió que había una estrecha relación entre la música y el ritmo del pulso”, lo que explica que muchos de sus colegas, y él mismo, apliquen la música “como terapia de apoyo a otros tratamientos”. Y, como la virtud bien entendida empieza por uno mismo, es una “tradición histórica” que los médicos cultiven la música más que el resto de la población. De hecho, entre los siglos X y XVII “aprender música era una condición previa para estudiar medicina”. |
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