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LA IDEA DE DIOS EN EL ARTE FLAMENCO E-Mail
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escrito por Alfredo Arrebola   

Uno de los propósitos de mi vida  artística es, sin duda, dar a conocer qué sentido tiene la religiosidad en el flamenco, arte que vengo cultivando desde  mi infancia. Nada   de extraño tiene que uno de mis discos lleve por título “Mi Cante es una Oración” (Málaga, 1988). Estas palabras son el fruto de una  profunda  reflexión y vivencia cantaora:

MI CANTE ES UNA ORACION

Y HASTA CUANDO YO ME CALLO

VA REZANDO EL CORAZÓN”.

Siempre he pensado que cuando el que  ora  es  músico y poeta, la plegaria es entonces un sutil destello del  Dios íntimo. San Agustín (354-430), el más ilustre de los Padres de la Iglesia, fue capaz de crear esta bellísima frase: ”Bis orat, qui bene psallit” (Reza dos veces, quien bien canta). Hace tiempo, un buen amigo me dijo: “El cante jondo no es  sólo poesía ni sólo música sin alma. Vibra de espíritu, de esencias religiosas profundas. Es  oración”. Y cuando esa intimidad – pienso – se expresa como liturgia ante la fe del pueblo, entonces música, poesía y oración son dos veces plegaria.

 Soy  creyente  convencido y –cómo no- respetuoso al máximo con todo  tipo de creencias. El  Cante es, para mí, una “forma de religiosidad” en su sentido etimológico, semántico y filosófico. Todos hemos sufrido, a qué negarlo, el tormento de la duda religiosa, es decir, de la existencia y presencia de Dios. Compañera inseparable es ya la copla del  inolvidable  poeta y amigo  Francisco Salgueiro:

POR AQUELLA  NOCHE OSCURA

YO  IBA BUSCANDO A  DIOS,

SIN SABER QUE LO LLEVABA

DENTRO DE  MI CORAZON”.

Por aquí, ciertamente, comenzó mi diálogo sobre la búsqueda de la “razón religiosa y deífica” que he intentado ver. La idea de Dios se ha convertido, pues, en una auténtica obsesión  de mi profesión docente y artística artística, partiendo de los textos literarios – orales y escritos – del  flamenco. A este respecto, los hermanos Caba – cfr. “Andalucía, su comunismo y su cante jondo” (Madrid, 1933), pág. 216 – dicen – hablando sobre “el sentimiento de Dios”, que ese sentido agónico, de zozobra íntima, en el alma jonda, entre la conciencia del dolor y del sino, ya está confinando con lo religioso. El alma andaluza, sorprendida en flagrante intimidad, tiene miedo no al  SINO y  al  DOLOR, sino al misterio que los teje. Es más, Dios está más allá de toda noción racional. Y si el andaluz lo intuye es porque a él le lleva su sentido mágico de la vida. El alma andaluza no comprende a Dios; lo engloba y vive quemándose en su presencia inmediata y universal”. Este es el sentimiento que he creído ver en el flamenco, cuyo contenido está claro y patente en las coplas. Me parece que el cantaor, al huir de la abstracción, ENCUENTRA A DIOS, a quien se atreve a hablarle de tú. Un Dios que no es el casi familiar de los hebreos, sino el Jahvé, el Dios distante e inflexible de los gitanos, eminentes cultivadores del arte flamenco: Cante, Baile  y Toque.

Yo he captado, afortunadamente, las “vivencias religiosas” entre los artistas flamencos, las mismas que nos expone Max Scheler en su obra “De lo eterno en el hombre”, pág. 7 (R. de Occidente, 1940). Por tal motivo, no puedo aceptar la tesis de los que afirman que  en el flamenco se da más bien un panteísmo, y no la idea monoteísta de la divinidad. Por eso he procurado explicar – cfr. “El flamenco en la obra de Federico García Lorca” (Molvízar, 2009) – el sentido de la religiosidad del universal poeta granadino, dado que  en  su conferencia “Importancia histórica y artística del primitivo canto andaluz llamado “Cante Jondo” (Granada, 1922), dice: “… Todos los poemas del cante jondo son de un magnífico panteísmo, consultan al  aire, a la tierra, al  mar, a la luna, a cosas tan sencillas como el romero, la violeta y el pájaro”. Lorca empleaba  allí un lenguaje totalmente literario y metafórico:

TAN SOLAMENTE A LA TIERRA

LE  CUENTO  LO QUE ME PASA,

PORQUE EN EL MUNDO NO ENCUENTRO

PERSONA DE MI CONFIANZA” (Soléa).

Ahora bien, el flamenco es, muchas veces,  vehículo transmisor de las vivencias religiosas, lo que no significa que sea   por naturaleza  religioso. Nada más lejos. Sin embargo, sí puede convertirse en un instrumento apto para acercarse a Dios: método antropológico. Y en muchas ocasiones, lo sé por propia experiencia, el flamenco es el único medio del que dispone el intérprete para expresar su amargura, su pena y su arrepentimiento a través de la copla; y en otras, es como sacerdote que eleva a Dios sus plegarias en nombre de la comunidad: Villancico, Saeta, Misa flamenca. Soy plenamente  consciente de la  problemática  religiosa en el ser humano, aunque haya sido definido como “Homo religiosus”. El arte flamenco, como expresión del pueblo andaluz, no podía ser una excepción. Esa inquietud me llevó a mantener largas y amenas conversaciones con mis compañeros. En ellas pude observar cómo ninguno  se declaraba  ateo; renegaban de este término, incluso les molestaba. Pude comprobar, asimismo, que había en ellos ideas bien claras de un Ser Supremo, Creador, Conservador y Tutor de todo cuanto existe: reminiscencias aristotélico-escolásticas del mundo occidental. Observé una fe ciega, no razonada, en un Dios justo y remunerador. Algunos de ellos admitían la metempsícosis debido, pensaba yo, a sus dudas sobre “el más allá” (Escatología).

Por otra parte, he podido comprobar que muchas letras flamencas manifiestan la “idea innata” de Dios. Tal vez, dirá alguien que este “innatismo” es una noción sumamente vaga, y que se habla de Dios, la Virgen o de los Santos como un recurso, como si de otra cosa cualquiera se tratara. No obstante, opino que la repetición de estas “ideas innatas” es algo tremendamente significativo, ya que el hombre, ser racional, no obra al azar. Su mente traspasa al “Más allá”, aunque no sea capaz de expresarlo:

PORQUE  DIOS  ES  MI DESINO

SON  ESTRELLITAS DEL  CIELO

LAS  PIEDRAS  DE CAMINO (Soleá).

Mi  larga  vida  cantaora  me  ha  dado la suficiente fuerza  para proclamar a los cuatro vientos:¿Quién podrá negarme que el cante jondo, a través de la seguiriya, la toná, la malagueña, soleá…no puede convertirse en instrumento de oración, de “religación” y catalizador de los valores humanos y deíficos del hombre?. Como también podría decir que el problema religioso en  Andalucía se siente vertido desde el transcurso de su vida hacia  lo radical de la realidad histórica DIOS, y recurre a las coplas para manifestarlo cantando. Sería el “bis orat” agustiniano. La incertidumbre del minero, en el largo caminar por la oscura galería, le hace  cantar así a Cristo:

MI CARBURO DIO MÁS LUZ,

VIENDO UNA IMAGEN DIVINA.

YO  CON  LA  VISTA CANSINA

VI A CRISTO EN UNA  CRUZ

EN EL FONDO DE UNA MINA” (Taranta).

En este sentido, el cante levantino comporta la misma angustia y religiosidad que el andaluz, porque en el flamenco hay que ver siempre  la “angustia óntica” o simplemente “antropológica” como elemento trascendental de los sentimientos humanos. Angustia, en sentido metafísico, es admiración, dolor, previsión de la muerte, incluso duda cartesiana:

Y DESPUÉS DE TODO,

¿QUÉ ES ESO, LA VIDA?

CANTARES……

CANTANDO LA PENA,

LA PENA SE OLVIDA”, que nos dirá Manuel Machado.

El flamenco entra de lleno en una línea determinada por la angustia metafísica; y ésta termina en la búsqueda de una Teología natural (Teodicea), algo consustancial al pueblo andaluz, que confía de forma gozosa y vertical en la sabiduría infinita de Dios. Por ello puede poner a salvo su “vitalidad y dignidad”, sin el dejo de terror que se alberga en el “fatum semítico” y en las corrientes existencialistas. La actitud del andaluz alimenta un alto grado de resignación y equilibrio, y desflora el sentido palpitante y jondo que acarrea la mera narración teológica de la Pasión de Cristo. Es pueblo creyente…….