Antropologia
La Cultura Andaluza en el Flamenco | La Cultura Andaluza en el Flamenco |
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| escrito por Alfredo Arrebola | |
| sábado, 05 de julio de 2008 | |
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XXXVI CONGRESO DE ARTE FLAMENCO. ANTEQUERA 2008. Ponencia: LA CULTURA ANDALUZA EN EL FLAMENCO. Alfredo Arrebola, Profesor-Cantaor 1.- Presentación.- Permitidme, respetables y admirados Congresistas, traer aquí las palabras del “más universal de nuestros músicos españoles”, don Manuel de Falla (1876 -1946), cuando el 31 de diciembre de 1921 hace la solicitud de ayuda al Ayuntamiento de Granada para la organización del Concurso de Cante Jondo (1922)- “primitivo canto andaluz” -, dado que éste le entusiasma tanto, que lleva al “Maestro” a sacrificar un precioso tiempo de su actividad creadora para dedicarse en cuerpo y alma a la investigación del mismo. Así se expresaba el inmortal gaditano: “El alto ejemplo ofrecido por las más cultas nacionalidades de Europa, preocupadas en investigar los orígenes de su arte musical, ha tiempo despertó en algunos artistas y eruditos la idea de llevar a cabo en España una trabajo semejante; que nosotros nos propusimos colaborar en esta empresa. No solamente hallamos el germen inicial de una parte importantísima de nuestra lírica en los llamados cantos populares andaluces, sino que estos, y singularmente el CANTE JONDO (seguiriyas, cañas, polos y soleares) se filtran y difunden desde hace muchos años por toda Europa y han ejercido notoria influencia sobre esas modernas escuelas francesa y rusa que, por su revolucionarismo, tan distantes de nosotros creíamos. Ahora bien, si a pesar de todo se acepta como bueno lo que, muy a la ligera, va esbozado, se comprenderá la importancia enorme de nuestro “Cante Jondo”, cuya originalidad insospechada se revela ahora como única en el mundo…”, cfr. “Escritos sobre música y músicos”. Col. Austral (B. Aires, 1950). Don Manuel no hacía otra cosa que buscar la revalorización de nuestra cultura popular, precisamente a través del Cante Flamenco. El valor cultural, musical, artístico, humano…del Arte Flamenco, en su trilogía de Cante, Baile y Toque, es tan alto y positivo que el Estatuto de Autonomía para Andalucía – Texto aprobado por el Congreso de los Diputados el 2 de noviembre de 2006 – en su Artículo 68 (Cultura y Patrimonio) dice lo siguiente: “Corresponde a la Comunidad Autónoma la competencia exclusiva de materias de cultura, que comprende las actividades artísticas y culturales que se lleven a cabo en Andalucía… Asimismo corresponde a la Comunidad Autónoma la competencia exclusiva en materia de conocimiento, conservación, investigación, formación, promoción y difusión del flamenco como elemento singular del patrimonio cultural andaluz”. Estas, y otras muchas razones, son las que me han animado a presentar ante todos vosotros, Amigos Congresistas, mis reflexiones acerca de la “Cultura Andaluza a través del Arte Flamenco” fruto de muchísimas horas de estudio e investigación que quedaron plasmadas en mi Tesis Doctoral – teórica y prácticamente defendida con la guitarra del llorado amigo Manuel Cano (1925 – 1990) – dirigida por el Profesor Don Antonio Gallego Morell, Catedrático de la Universidad de Granada (1977), como también en múltiples trabajos realizados en revistas flamencas y periódicos.
2.- Desarrollo.- Nadie podría negar, objetivamente hablando, que el Arte Flamenco representa un fuste básico de la identidad cultural de nuestra meridionalidad. Su amplio diapasón de variedades musicales y artísticas es poderoso manantial que explica y transmite las vivencias más íntimas, los sentimientos más profundos del alma de los que se acercan a él con respeto y humildad. Lo “jondo” y su duende es algo intangible, inexplicable que intenta penetrar en el mágico misterio que da forma y vida a “lo andaluz”. Mi continuo contacto con él – como Cantaor – me ha hecho ver que el arte flamenco lo refleja todo, “todo lo sustancial” del ser humano. El flamenco es, pues, un “fenómeno cultural”, es decir, un sistema complejo de vivencias humanas. Por tanto, Señores Congresistas, lo analizaremos bajo la perspectiva cultural.
El término “cultura” procede del latín “cólere” que, en su forma supina, da “cultum”, cuyo sentido etimológico no es otro que “cultivar, labrar, cuidar”. Ahora bien, la cultura puede concebirse tanto en forma activa como pasiva. Por tal motivo, esta palabra (Cultura), sin hacer mayores matizaciones, puede expresar un conjunto de ideas y de sentimientos en el individuo, adquiridos por la educación y por el estudio (= sentido activo de cultura), o bien se toma como conjunto de ideas y de sentimientos emanados de una colectividad como consecuencia del devenir histórico.
Según Osvaldo Spengler (1880 -1936), filósofo alemán, son las culturas y no los pueblos ni los hombres los protagonistas de la historia. Es lógica esta actitud, porque la conclusión de la obra de Spengler es la de que toda cultura pasa a través de la vida por un ciclo que va de la juventud a la madurez, de ésta a la edad provecta, y de ella a la muerte. Esta concepción histórico-filosófica del término “cultura” del filósofo alemán encuentra perfecta concordancia en el concepto de “Cultura Andaluza”. Sólo basta con repasar la historia del pueblo andaluz, para comprender y aceptar este concepto.
Estoy completamente convencido de que el flamenco, como “fenómeno cultural”, representa la manifestación artística más significante y definitoria de la cultura popular andaluza. Porque a través del flamenco – Cante, Baile y Toque – no sólo se reconoce e identifica a Andalucía en el mundo, sino incluso también al “espíritu general” del pueblo andaluz, aunque a veces – dijo Francisco de la Brecha – lo sea a través de prismas esperpénticos; y esto se da, evidentemente, cuando de nuestro propio arte hacemos para la exportación mercancía adulterada. Pero resulta indudable que el arte flamenco tiene tal arraigo en el pueblo que no debe tomarse a hipérbole la afirmación de que constituye un modo de ser o, por lo menos, un modo de sentir, profundamente enraizado en el alma andaluza.
Gravísima responsabilidad, pues, cae sobre mí: hacer comprender el concepto de “Cultura andaluza a través del flamenco”.Y este es, ciertamente, el sentido de “El flamenco, fenómeno cultural”. Y lo es por su propia naturaleza – ¡muchas horas de trabajo he gastado en ello! – , aunque sus orígenes se pierdan en la nebulosa del tiempo. Y no menos cierto es también que ese “fenómeno cultural” está vivo entre nosotros, y que constituye una de nuestras más expresivas y rotundas señas de identidad, y de esto se ha inferido que la Junta de Andalucía – independientemente de directrices políticas –consciente de la importancia y trascendencia de este signo cultural, entienda que el flamenco ha de ser objeto de una atención preferente para, sin desmayar en la investigación que nos dé respuestas a tantas incógnitas que lo rodean, quede preservado, extendido y potenciado por derecho propio como corresponde a una de las gemas más preciadas de nuestra cultura popular. Y no deberíamos olvidar, asimismo y bajo ningún concepto, que sobre la privilegiada artesa andaluza se amasaron unos bailes y unos cantes en cuya composición lo andaluz autóctono, lo arábigo-andaluz, lo judío y lo gitano entraron en la proporción más importante. Por ello he defendido, a capa y espada, que el arte flamenco no es más que una amalgama de distintas culturas que han pasado por Andalucía. Posiblemente sea este el detalle que menos en cuenta tienen muchos flamencólogos, al considerar que el flamenco es un producto gitano. Nada más lejos. El propio Pepe Marchena (1903 -1976), ágrafo pero culto, dejó dicho que “… No hay cante payo ni cante gitano; lo único que hay es cante andaluz, que lo da la tierra, no la raza”, cfr. ABC, 12 de diciembre de 1972.
Esta expresión cultural andaluza se ha realizado, primero, por su folklore – en este caso, “Folklore andaluz”- representado por su carácter popular y multiforme en su composición; se caracteriza por una ausencia de paternidad y constituye, sobre todo y como patentizó el inglés Ambrose Merton cuando creó el término, por ser lección y doctrina, enseñanza de una de una ciencia, acaso la ciencia de la vida y de las costumbres de las gentes/pueblo/raza/nación…. El flamenco, por el contrario, no es “popular” en su creación, sino obra concreta y específica de artistas muy determinados. Y, por fortuna, no es una ciencia; no es esa ciencia a la que alguien ha pretendido llegar buscando ese absurdo apelativo de Flamencología. El flamenco es – hablo como Cantaor- “per se et in se” A R T E, y forma parte del acervo cultural del pueblo andaluz. Es, por tanto, un fundamento más de esa “cultura milenaria y autóctona” de Andalucía, que ha ido más allá de sus fronteras, esto es, se ha universalizado, tal como ya lo había dicho don Manuel de Falla.
Estos valores se encuentran clara y perfectamente reflejados en el pueblo andaluz por medio de su “Folklore” y su “Arte flamenco”, en la medida que señala la Unesco: La base de la existencia de un pueblo es la existencia de una cultura diferenciada, en el sentido antropológico del concepto. Ésta constituye la fuente de la identificación personal y la síntesis que incluye la diversidad de las actividades humanas de quienes forman dicho pueblo. Cada cultura supone una forma peculiar de percibir el mundo, de vivir la existencia, colectiva e individual, de relacionarse con la naturaleza, con las personas y con uno mismo, de enfrentarse a los grandes temas de la vida y de la muerte, de expresar nuestras emociones y anhelos. Representa un conjunto de comportamientos, de modos de percibir y conocer, de valoraciones, de expresiones, que son resultado de una experiencia histórica básicamente común: de haber compartido un proceso histórico bajo unas similares y, a la vez, cambiantes condiciones medioambientales y sociales, cfr. “Enciclopedia General de Andalucía”, Tomo 6, pág. 2752. Miren, Señores Congresistas, la breve, pero profunda, historia del arte flamenco y comprobarán cómo están reflejadas en ella todas las características mencionadas. Una vez más, pues, tenemos que reconocer los valores culturales del arte flamenco de la tradicionalmente llamada “Tierra de María Santísima”.
Hipólito Rossy (1897 -1975) en su obra “Teoría del cante jondo”, pág. 19 (Barcelona, 1966), nos dejó dicho que “… la música de un país forma parte de su cultura; y si tiene una cultura propia, la música es propia también. Desde fuera vienen ideas, teorías, sistemas, influencias, en fin, y el pueblo que las recibe asimila los elementos extraños que concuerdan con su sentir, formando con todo ello su cultura propia. Porque ninguna cultura arranca de cero ni permanece encerrada en el territorio en que se asienta , extraña a influencias externas”. Esto es lo que realmente le ha sucedido al arte flamenco (Cante, Baile y Toque), pues bien sabemos que Andalucía fue hollada por distintas tendencias para mayor incremento de lo que hubo de su propia cultura. Ejemplo claro y fehaciente está, sin prejuicios, en nuestra América, lugar – afirma Manuel Cerrejón en “Los cantos hispanoamericanos en el mundo del flamenco- Ida y Vuelta” (Sevilla, 2002) – donde, de algún modo, se siente y hasta se interpreta el flamenco.
Alguien dejó escrito – y me parece con exactitud – al referirse a la aportación del pueblo gitano-andaluz al flamenco en general, que éste “viene del primer llanto”, haciendo mención a los cantes de los individuos de aquella etnia que, justamente al principio o, por lo menos, al principio que nos es conocido históricamente, cantaron coplas de aflicción y de sojuzgada sumisión característica de las minorías marginadas y perseguidas. Sin embargo, sostengo que el fundamento metafísico del cante radica en el problema psicovivencial y existencial del hombre. Lo demás, son añadiduras.
Es lógico pensar que antes de la llegada de los gitanos (siglo XV) debieron existir en Andalucía “modos y formas musicales” autóctonos que, posteriormente, pudieron fundirse con las “formas gitanas”; aquellos y éstos a la vez influidos por la música de Al Andalus, derivada de las formas griegas y persas que tuvieron su entrada en la España musulmana, con la venida de aquel legendario bagdadí Zyryab, músico privilegiado, laudista insigne y noble poeta.
El flamenco, antropológicamente considerado, es “una queja resignada” que dijera el poeta anónimo andaluz, lo que constituye un auténtico tratado de “sabiduría popular”. Por tal motivo, el cante flamenco nunca será un “canto coral”. Porque el “Cante” es el canto del hombre en su entera soledad: “El camino de la vía / regando voy con mi llanto; / son tan grandes mis quebrantos / que tengo la fe perdía / y el mundo me causa espanto” que nos recuerda la sublime malagueña de la inmortal Trinidad Navarro Carrillo “La Trini” (1868 -1936?).
Por tanto, si la cultura no es solamente lo creado o transformado, sino también el acto propio de la creación o transformación, es claro y evidente que muchos artistas flamencos han contribuido al proceso cultural andaluz, y lo hicieron en una permanente actitud combativa, incansable, motivados en una alta misión que tenían que cumplir. Esta fue la noble actitud frente a las críticas debeladoras que, desde Eugenio Noel (1885 -1936) hasta nuestros días, aportaron el desprecio de su infinita ignorancia contra esta manifestación artística y cultural. El último paladín ha sido, sin la menor duda, Antonio Mairena, que supo luchar contra todo – y contra todos – y mantenerse, hasta el final de su vida, firme a sus convicciones de la importancia del flamenco en la cultura andaluza, en opinión de Francisco de la Brecha.
Por eso, cuando un pueblo alcanza el grado de maduración e identificación en su cultura, siente una necesidad vital e inaplazable: el impulso de ser “él mismo”. Siempre se ha dicho que un pueblo sin conciencia cultural es un pueblo sin fisonomía, sin definición, es decir, una multitud organizada. Pero el pueblo andaluz está perfectamente definido en su trayectoria artística y cultural, y una de sus formas expresivas está en el Arte Flamenco, bajo la triple forma de Cante, Baile y Toque. Pues bien, en estos tiempos en los que nuestros pueblos aspiran a “ser ellos mismos”, sin detrimento del patrimonio nacional, antes bien reforzando y vigorizando el sentimiento único de Patria, me parece saludable exaltar y encomiar todos los valores locales y autonómicos, con vistas a una adecuada definición de nuestro “ser andaluz”.Sin pretenderlo, acuden a mi mente las palabras de García Lorca, quien , hablando de Manuel Torre (1878-1933), afirmó que era “… el hombre de mayor cultura en la sangre que había conocido”. Y sin embargo, sabemos que Manuel Torre, un gitano de porte faraónico, apasionado y violento, no sabía leer ni escribir. Y es que “Cultura” no es sinónimo de título universitario. La experiencia cantaora me ha hecho comprender que la “Universidad de la vida” da al hombre una plena y auténtica sabiduría: saber encalar las calles, tomarse una copa de vino, darse bien la mano, etcétera, es CULTURA. El pueblo andaluz, sin esfuerzo, lo ha demostrado plenamente a través de su “Folklore” y su “Flamenco”. Tal vez por ello, el poeta Tomás Borrás (1891 -1976) en su “Elegía del cantaor”, en homenaje a don Antonio Chacón, dice que “… ser flamenco es otro modo de ver el mundo, con el sentido grande; el sino de la conciencia, la música en los nervios, fiereza independiente, alegría con lágrimas, y la pena, la vida y el amor ensombreciendo; odiar lo rutinario, el método que castra; embeberse en el cante, en el vino y los besos; convertir en un arte sutil, y de capricho y de libertad, la vida; sin aceptar el hierro de la mediocridad; poner todo a un envite; saborearse, darse, sentirse,¡vivir! Eso: “magistral lección de antropología cultural. Todo eso – habla la voz de la experiencia –, y algo más, es el “Arte Flamenco”, en su aspecto histórico; y “lo flamenco” se configura en una concepción antropológica. Es decir, en una C U L T U R A.
Pues bien, si nos fijamos en la trayectoria histórica del pueblo andaluz, podemos comprobar que todos los campos artísticos, culturales, políticos y religiosos han tenido sus signos más representativos y perfectamente reflejados en el “Libro de la sabiduría” que es la Copla Flamenca. ¡Son tantas y tan bellas…!. Digamos, al menos, algunas:
¡Cuánta sabiduría, y qué extensa cultura no encierra la copla flamenca!. Quiero manifestar – sin comentarios – que el cante no es “música popular”, sino una “sublimación” de ésta: verdadera creación en la voz del intérprete. Por eso se dice que el flamenco es una “música recreada” en la capacidad innata del cantaor que, sin saber el porqué, “se echa p`alante” y “re-crea” esas formas musicales: Signo externo de manifestación cultural. Esta ha sido la trayectoria histórica de célebres cantaores –Vosotros, estimados Congresistas, lo sabéis bien - : Silverio, Enrique el Mellizo, Chacón, Juan Breva, Mercedes la Serneta, La Trini, Niña de los Peines, Manuel Vallejo, entre otros. Y en esta misma línea está el pensamiento del genial guitarrista Manolo Sanlúcar, el cual afirma: “… El flamenco, desde su carácter primario o expresión nata, es como el Rey Midas que convierte en oro (en arte flamenco) todo lo que toca, pues siendo como es, un SENTIMIENTO en esencia, se hermana con todo lo que conmueva. El flamenco tradicional es un arte con algunos esquemas sorprendentes para la cultura occidental. Sólo en el flamenco se produce el fenómeno musical de que la tonalidad y el ritmo establecen el género”. Por tal razón, el flamenco – hablo con la máxima humildad – marca nuestra manera de ser y obrar (modus essendi et operandi, de los clásicos), y marca también nuestras diferencias, aquellas que nos identifican. Por ello, pues, debemos considerar el arte flamenco como un auténtico “fenómeno cultural” del pueblo andaluz. Lo que me impulsa a manifestar que me agradaría penetrar en el “alma andaluza” (título de muchas obras poéticas, entre ellas la de José Sánchez Rodríguez, fino y delicado poeta malagueño (1875-1940), adentrarme en ella, meterme muy dentro de ella, como si fuera un nuevo Jonás.
Andalucía, dijo García Durán Muñoz “ es un poco, como sus toros bravos, la víctima propiciatoria de esas malas capeas, donde le han dañado y zaherido todos esos señoritos de jaque, que salieron a torearla, o mejor aún, a captarla en el inmenso ruedo de Europa desde Víctor Hugo hasta Próspero de Merimée o el don Jorgito de la “Biblia en España”, es la crucificada de las agencias de turismo y de una necia literatura decadentista”, cfr. “Andalucía y su cante” (Madrid, 1962. Eso no es Andalucía. Para juzgarla, comprendamos que no se la puede juzgar con la irreverencia con que los niños juzgan, a veces, a los mayores, y que los pueblos jóvenes juzgan a Andalucía, sin darse cuenta que por su rumbo, por su gracia y salero, es el pueblo más viejo de todo el Mediterráneo. Porque antes que esa Roma antipática de abogadillos hubiese soñado con un Imperio, existía ya el “ALMA ANDALUZA”, perfectamente definida en su folklore y cultura. Y existían hasta al punto que sólo cuando “lo andaluz” se infunde en “lo romano” es cuando tiene realmente resonancia universal el “Ave , Caesar Imperator, morituri te salutan”, con la que la plebe saludaría a los sevillanísimos Teodosio o Trajano. Ahí estaba ya presente la “Cultura Andaluza”.
Carlos Reyles, autor de la famosa novela “El embrujo de Sevilla” (1922), al comentar los valores culturales del arte flamenco, se hizo la siguiente pregunta: “¿Cuál es la palabra suprema, suma de su larga experiencia de la vida, que se tortura por pronunciar el pueblo que tiene ALEGRE LA TRISTEZA Y TRISTE EL VINO, que cuando canta llora y cuando llora canta; que bebe la pena en el fondo de la copa y la copa en el fondo de la pena?”. Ahora bien, la pena y la alegría forman parte de las vivencias psíquicas del arte flamenco; tanto vale la una como la otra.
El arte flamenco, forma expresiva de nuestros pueblos, es, por naturaleza y tradición, vehículo directo del bagaje cultural que encierra y conserva el pueblo andaluz. Lo que atraía a don Manuel de Falla o a un Mauricio Ohana es, aparte del valor intrínseco, el aire antiguo y sabor primitivo y arcaico. Lo que no significa, en modo alguno, que el arte flamenco sea una forma musical arcaizante y estereotipada.
Hay pueblos que se hicieron su propia historia en lucha contra el destino o el azar, como ocurrió a los romanos; o los que la deben a un solo hombre, como es el caso de Licurgo en Esparta o Solón en Atenas. En cambio, el andaluz sólo debe su historia al paisaje, a la captación y capacidad de absorción de enamoramiento del campo y ambiente sobre quien llega hasta él. Porque el andaluz no hizo su historia, se la impusieron los extranjeros. La historia de Andalucía es una historia padecida, pero a los que ellos logran dar inspiración trastocando en triunfo la peripecia de la invasión. Esto queda bien patente en las descripciones que ya nos legaron los poetas latinos Marcial, Juvenal Columela, etc…, quienes nos suministraron las primeras noticias de las “Puellae Gaditanae”. La historia nos confirma que arte – prefiguración del flamenco- atrajo a Roma entera, que significaba el mundo occidental conocido. Aquellas “Niñas gaditanas”, con sus cantes y bailes, vencieron a la invicta ciudad capitolina. Me parece – no es una afirmación gratuita – que en la mente de cualquier ciudadano de “cultura media”, está claro que este fenómeno ha sido único en la historia de la humanidad. Tal vez, por esta especial forma, el andaluz, como el hebreo, se juzga aparte entre los pueblos porque Dios le prometió una tierra de delicias, según nos dejó dicho don José Ortega y Gasset en “Teoría de Andalucía” (Madrid, 1927).
No olviden, Señores Congresistas, que la cultura de un pueblo se manifiesta por sus modos de ser. Así lo confirma la “Historia de la civilización”. No es extraño, pues, oír que los cantaores tienen “alma de artista”: su filosofía, concepto de la vida, su sentido para anteponer lo positivo a lo negativo en cada situación…, revelan su acendrada idiosincrasia flamenca. Esto es de capital importancia en el campo flamenco como expresión cultural y estética ante la sucesión de los hechos cotidianos. Hoy, afortunadamente, se habla mucho de la “Estética del flamenco”. Ya Lucio Anneo Séneca (siglo I d.C.) dejó sentenciado que “… La clave de la filosofía es la Ética, y su planteamiento no puede hacerse más que a través de la estética”. En este aspecto, es claro el pensamiento del flamencólogo don José Luque Navajas, cuando describe al Cojo de Málaga (Joaquín José Vargas Soto, 1880-1940): “Es el tratamiento que da uno a las alegrías, a las penas, a la adversidad o a lo desconocido lo que nos hace flamencos, no el saber cantar mejor o peor, bailar, o tocar”. Una vez más, nos vemos obligados a pregonar limpiamente que el arte flamenco es un “fenómeno cultural” hasta el punto que ha engendrado una – digamos –“cuasi” filosofía, ya que es una “forma de ser y obrar” que define perfectamente a este pueblo andaluz. Las nuevas formas flamencas, bastante heterodoxas, no borrarán el cliché artístico y cultural que el ARTE FLAMENCO ha generado por su propia naturaleza. ¡Qué bien lo dijo el eximio poeta granadino, Manuel Benítez Carrasco:
Ahora bien, ¿cuál sería, Señores Congresistas, la razón última por la que el arte flamenco debe ser considerado “fenómeno cultural”, uno más del amplio abanico que posee esta tierra del Sur? Porque – no nos engañemos – cuando el cantaor sabe expresarle al pueblo lo que “el pueblo” no puede decir, es cuando se produce la magia del flamenco, cuando las vivencias, el alma y “lo jondo” del artista se evidencian y dan a entender que no hay nada que pueda vulnerar tanta firmeza y rotundidad. Tesis defendida por el flamencólogo José Baena Romero en “Diario de Málaga-Costa del Sol”, pág. 19, 17 de octubre de 1997. Nada es extraño, por tanto, que una gran mayoría de nuestros poetas han visto – y lo han aceptado – que el flamenco es una verdadera y compleja manifestación cultural. Para algunos, significó toda una vida dedicada a conocerlo: Francisco Villaespesa, Manuel Machado, Salvador Rueda, Arturo Reyes, etc. Se cuenta que cuando preguntaron a Manuel Machado por el Cante, respondió sin la menor duda: “lo más importante de mi vida”. El flamenco es un “fenómeno cultural” porque realmente cumple una trilogía de valores estéticos, morales y culturales por la “sabiduría” de su mensaje multiforme, por la “vivencia y garra” que manifiesta cualquier intérprete y, finalmente, porque es capaz de crear un ideal y una filosofía ética que comporta el “summum” de beatitud, convirtiéndose éste en expresión catártica. Y todo esto lo afirmo con total libertad y conocimiento de causa, después de llevar más de cuarenta años gastando mi vida en esta noble, bella y digna profesión. Por eso puedo proclamar a los cuatro vientos que conozco el arte flamenco por dentro y por fuera, como siempre lo afirmó mi viejo amigo, Cantaor y Escritor, don Luís Caballero Polo. Y en este mismo camino ha hablado siempre el exquisito y sapiencial guitarrista Manolo Sanlúcar, quien, en una entrevista, contestó: “Yo pienso que el flamenco está en la mente y que el medio, como es el caso de la guitarra, ha contribuido de una manera muy especial a la formación de los géneros, pero el flamenco es incluso más que la guitarra, el cante y el baile, es una “Sensación” y una “Cultura” que tiene sus características y que éstas se han reflejado de la manera que la conocemos; pero una persona que sea capaz de entender esas características y a la vez sabe tocar, por ejemplo, el chelo, esa persona garantizo que sabrá plasmar el flamenco con el chelo”, cfr. Rev. “El Olivo”, num. 48, pág. 16 de octubre de 1997. Es esto lo que me impulsa a mí, conocedor un poco del arte flamenco y sus valores culturales y morales, a manifestar públicamente mi repulsa y malestar por esas “formas nuevas – auténticas barbaridades, según mi criterio – que se vienen realizando. Aquí nos quieren “europeizar y americanizar” y, desgraciadamente, desnaturalizarnos, lo que supone un grave problema para el Arte Flamenco.
3.- Conclusiones.- Tras esta breve exposición, es lógico decir algunas conclusiones que expresen las ideas fundamentales de esta Ponencia. Y éstas son, entre otras, las que este Ponente ofrece a estudio y reflexión de quienes habéis tenido la gentileza de oírlo con el mayor respeto posible:
1.- Rechazo total de la mítica y anacrónica concepción de que el flamenco es propio de gente inculta, de borrachos, de gitanos, de gente baja, de pegavoces, etc, etc. Nada más lejano a la esencia metafísica del arte flamenco.
2.- El flamenco es un sistema complejo de vivencias que deben ser estudiadas a la luz de la razón, y siempre bajo la realidad presencial y artística, que constituyen métodos para la formación humanística de los estudiantes andaluces. Debe, pues, formar parte de la “Ratio Studiorum” de la Comunidad Autónoma de Andalucía.
3.- El arte flamenco es esencialmente un “fenómeno cultural”, dado que cumple una trilogía de valores estéticos, morales y culturales en función de la “sabiduría natural” de su mensaje multiforme.
4.- El arte flamenco es capaz de crear un IDEAL y una FILOSOFIA ETICA que comportan actitudes morales, religiosas y sociopolíticas.
5.- El arte flamenco no es exclusivo de los gitanos ni de los payos, sino del hombre dotado de “capacidad artística” para expresar, a través del Cante, Baile y Toque, formas propias de un pueblo – el Andaluz - que no tuvo más remedio que manifestarse así.
MUCHAS GRACIAS. |
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