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escrito por D. Antonio Sánchez Trigueros   

NO HAY ESPETACULO COMO EL ESPECTACULO  FLAMENCO

Antonio  Sánchez  Trigueros,  Catedrático de la  Universidad de  GRANADA

 

A  Enrique  Morente

Un último reconocimiento ha venido a  proclamar lo que sabíamos hace mucho  tiempo: el flamenco es un arte que ya no es sólo nuestro sino que pertenece al universo mundo, y puede reinar y reina en el mismísimo centro de cualquiera de las distintas  culturas que habitan la  tierra.

A estas alturas de su fecunda historia, después de un largo y difícil camino y desde aquel  concurso granadino de 1922, propiciado por Falla y García  Lorca, el flamenco ha conseguido ir saliendo del reino de la marginación, liberándose de su imagen  de dependencia de señoritos y de la confusión con la juerga y el colmao, para volver al pueblo, su noble lugar de origen. Y hoy, en el momento más alto de su plena dignificación, se ofrece, se le admira y venera como la más perfecta conjunción popular de sabiduría, fuerza y hondura, que en suprema fusión los tres, interpretan como nadie tanto la explosión de la alegría y la delicadeza de la ternura, como el drama de raíces y los más agudos paroxismos de las tragedias humanas.

      Además, más allá del ritual fascinante pero austero, del espectáculo en que se conjugan estrictamente guitarra, cante y baile, el flamenco se ha consagrado como un  auténtico lenguaje escénico que sabe contar historias y que ha conquistado todos los  teatros del  mundo desde aquel mítico “Quejío”, de Távora, hasta su no menos fascinante “Carmen, pasando por el “Camelamos  naquerar”, de Heredia  Maya, las “Bodas de sangre”, de Gades, y la “Mariana Pineda”, de Sara Baras, por citar sólo unos cuantos ejemplos emblemáticos y diferentes de la consagración escénica y teatral del  flamenco.

Pero vayamos al acto esencial, al ritual íntimo de un espectáculo en que se conjugan con  pureza y autenticidad el  toque  de  guitarra, la voz del cante y  el movimiento del baile, un ritual que se repite   sin tregua con toda su magia y misterio. La sala es el ámbito absoluto del silencio más  caliente y en medio de una oscuridad expectante suena un rasgueo; el foco de luz  dirigida señala unas manos que bailan entre las cuerdas de la guitarra (“aljibe de madera con seis  doncellas”, que dijo el poeta), para interpretar un llanto, una alegría, un dolor, un beso o una herida; unos dedos que exprimen una inmensa riqueza de sentimientos y unos ritmos a cuyo compás vibran nuestras venas como cuerdas humanas que se agitan al unísono en íntima consonancia; ay, las manos del  tocaor, ay, los dedos del  tocaor, ay, su arte, su maravilloso  arte, que con divina agilidad pellizca las cuerdas de nuestras entrañas. Dedos y manos, mariposas negras, mariposas rojas, mariposas blancas, que dan entrada a las palmas, a las palmas y a las manos, ritmos  blancos a compás, ritmos de venas azules, manos inocentes que cruzan sus percusiones en un ambiente que ya empieza a ser sublime.

Y suena la copla.  El cantaor ha lanzado su queja al temblor de la sala y la luz de la escena se abre; ahora la atención iluminada se centra en otras manos, en las manos del  cantaor, de la cantaora, voces populares, que permanecen en su silla inmóviles; sus ojos cerrados le ayudan a concentrarse en los rasgueos de la guitarra: la mano derecha sobre el pecho como apretando el alma para extraer sus mejores jugos, y de pronto y con violencia contenida rompe  de nuevo el aire y la quietud del momento con una voz incomparable, la voz suprema del pueblo que entona, modula y redondea con los puños cerrados un cante, la expresión más  auténtica y suprema del alma, la más profunda, la más honda y jonda, así con el fuerte sonido de la jota castellana para que la palabra sea más  expresiva y del grito lastimero. El momento ha sido supremo, el cantaor ha hecho vibrar las cuerdas más recónditas de tu  existencia: una punzada en el  pecho que no  duele, una lágrima que da un punto de sal a la velada, un  escalofrío  que estremece de placer, una alegría de sentimientos compartidos y sensaciones de no se sabe qué.

Sin embargo el ritual no ha hecho más empezar y al punto en el  firmamento de  la copla irrumpe  la  bailaora. El foco de luz ilumina ahora sus manos, manos gemelas del aire que se  miran en un espejo, manos de un ardor que abrasa, manos que son  llamas  vibrantes, racimos de dedos que dibujan  figuras en el viento, que se desvanecen y recomponen, y al bajar y bajar descubren un cuerpo armonioso; brota la reina del movimiento, un cuerpo de diosa que, a impulsos duros y blandos, derrama gracia  y fuego, talle de junco flexible que tiembla en el  en el zapateado, rosa hechicera que baila con lentitud, viento que arrebata como el vértigo, prodigio humano envuelto de miradas, perfil  que se mueve de dentro a fuera y de fuera a dentro, escultura liberada en espirales, encanto de bellos brazos y pies ligeros. Pero la danza flamenca  no es sólo  expansión  de energía, la danza flamenca es un corazón que se agita en escena con toda la fuerza de una pasión que se desborda, volcán de sensaciones, volcán de sentimientos. El  espectáculo ha ido creciendo hasta su apoteosis: un revuelto final de armonías.

   El ritual ha terminado, pero permanecen sensaciones inefables: ráfagas plásticas del  baile, golpes de son y ritmo, heridas  abiertas del cante y lo que la piel  no olvida. Es la  suprema categoría del flamenco, el  fenómeno auténtico al que hace unos días se le ha  rendido culto  universal como Patrimonio de la  Humanidad.                                                                             

 

                                    Granada, Enero de 2011.-

 

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