| Lo popular y lo culto en el flamenco |
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| escrito por Alfredo Arrebola | |
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Uno de los sentimientos que más ennoblece al corazón humano es, sin duda, la gratitud. Y tal es así que es tradicional y común repetir: “Es de bien nacidos, el ser agradecidos”. Sean, pues, mis primeras palabras signo externo de gratitud a mis fieles amigos Antonio y Pilar, por haberme invitado a participar en este magno y solemne acto de presentación de una obra discográfica que, en cierto sentido, ha revolucionado el complejo y enigmático mundo flamenco: “PILAR MARCHENA. Un mismo sentir, distinto expresar” (Sevilla, 2010). Pues bien, ante la sorpresa – sin fundamento alguno – de este disco compacto y con la mayor sencillez posible, yo he escrito unas líneas que intentan reflejar la similitud entre “lo popular y lo culto”, visto por un cantaor que ha consagrado toda su vida a conocer qué es el flamenco. Y lo hago desde mi larga experiencia cantaora. Porque el flamenco, en su trilogía de Cante, Baile y Toque, no debe ceñirse a simples y banales discusiones de tirios y troyanos. Es bastante más; y su compleja temática – según mi criterio, no está aún lo suficientemente desarrollada. Es sobradamente conocida la distinción entre “poesía culta” y “poesía popular”. La “culta” es parcela tratada y dominada por aquellos hombres a quienes llamamos “Poetas cultos”, y sometida a unas reglas fijas por los preceptistas y retóricos; en tanto que la “poesía popular” se caracteriza por su espontaneidad, claridad y sobriedad, es decir, que la “poesía del pueblo” no tiene ripios, como acertadamente dijo don Francisco Rodríguez Marín “El Bachiller de Osuna”. La lírica no es más que la expresión subjetiva de la belleza en su doble vertiente popular y culta que van perfectamente enlazadas en el flamenco, donde podemos descubrir profundas analogías formales y temáticas reveladoras de una rica y compleja intertextualidad: E L H O M B R E. Nacimiento, vida, muerte, sentido de la existencia, el más allá, El Absoluto, la nada y otros interrogantes, que se hace el hombre, determinan la esencia de la Poesía y Flamenco: “lo culto y lo popular” se fusionan en el arte flamenco. Pero no todos están preparados para ver y comprender esta asimilación. He aquí, pues, el mérito y atrevimiento de Pilar Marchena: “Un mismo sentir – la del pueblo andaluz – expresado en diferente modo: VIVENCIA PSICOARTISTICA DE LA AUTORA, que ha sabido recoger tras una larga y exhaustiva labor pedagógica. La presencia, constatada con multitud de ejemplos, de antiguas cancioncillas tradicionales en colecciones de cantos españoles – Pilar sabe bastante de esto – y en algunas coplas flamencas constituiría un signo evidente de la pervivencia actual del género y una nueva demostración de la tradicionalidad de la literatura hispánica, como observa oportunamente el Profesor Gutiérrez Carbajo en “La copla flamenca y la lírica de tipo tradicional” (Madrid, 1990). Labor y adaptación que supieron realizar - ¿por qué no decirlo? – los cantaores gitanos, a partir de su llegada a nuestra patria. Ya en las poéticas y gramáticas del siglo XVI y XVII se ocupaban de las composiciones de tipo popular, tal como podemos comprobar en los escritos y obras de Juan Díaz Rengifo, López Pinciano, Sebastián de Covarrubias, Gonzalo Correas, etc. Con Gil Vicente (siglo XVI) y Lópe de Vega (siglo XVII) se dignifica ampliamente la canción popular que se proyectará en el folklore y cante flamenco. En el siglo XVII, Valladares de Sotomayor, entre otros, sostienen que estos cantos constituyen “… una de las más preciosas piezas de la literatura”. A él y a Torres Villarroel debemos, en la centuria ilustrada, una muestra muy significativa de canciones populares, algunas de las cuales fueron recogidas como anónimas en los cancioneros del siglo XIX, época del Siglo de Oro de nuestro cante flamenco, como así lo reconoce la Flamencología moderna. Las fronteras del arte flamenco se van ensanchando y buscando, en lo posible, la razón última del Cante. Ejemplo claro y evidente lo configura la personalidad artística de Pilar Gallegos Aguilar, conocida artísticamente como PILAR MARCHENA, topónimo del lugar donde vio la luz primera y -¿por qué no reafirmarlo aquí, en la Sede de Cruz Campo, que tanto ha cooperado a favor del Flamenco? – cuna de grandes e ilustres artistas flamencos: Cantaores, Bailaores, Guitarristas y Coupletistas.Y, además, todos saben sobradamente que Pilar es Profesora de Educación Secundaria en la especialidad precisamente de música; y está, por otra parte, arropada con Premios Nacionales de “Canto y Música” y una larga trayectoria de recitales de Ópera, Zarzuela, Canción Española. Se ha atrevido – porque puede y sabe – acercarse a las cristalinas aguas del flamenco: Tonás, Seguiriyas, Soleares, Tangos, Fandangos, Tarantas, Peteneras, Malagueñas…..; porque conoce, a la mayor perfección, los elementos básicos de los cantes: Ritmo y Compás. Por tanto, su obra flamenca – “PILAR MARCHENA. Un mismo sentir, distinto expresar” y “Grandes Maestros del Cante en la voz de una soprano” - nos obliga a decir que cada vez serán menos los que defiendan teorías sin razón, ni fundamento histórico, literario y musical. En ella se cumple acertadamente la vieja sentencia latina: “Verba movent et exempla trahunt (“Las palabras mueven y los ejemplos arrastran”). Muchas veces he pensado que, posiblemente, no nos resultaría tan difícil averiguar sus orígenes, si nos fijáramos en el desarrollo histórico de “lo popular”.Y después de muchos años investigando, me atrevo a decir – y demostrar - que la inmensa mayoría de los estilos flamencos se apoya, en última instancia, en “lo popular y folklórico” y – cómo no – en el “canto gregoriano”. Teorías que ya defendió don Manuel de Falla y, por desgracia, pocos flamencólogos conocen. Para mí, cantaor, es una verdad clara y evidente. Durante el Romanticismo, “lo popular” es identificado, por parte de muchos autores, con “lo natural”. Ello les lleva a profesar una especial estima a las creaciones de este tipo, y al estudio de su formación y difusión. Gracias, pues, al entusiasmo de los románticos, el folklore y el flamenco iban ocupando páginas en sus quehaceres literarios. Creo que no es error admitir que buena parte de la grandeza del flamenco se debe al entusiasmo de los escritores y poetas de aquella época, tan importante en la historia de España y Andalucía. Para Dámaso Alonso, exquisito poeta de la Generación del 27, “las coplas del pueblo han estado siempre vivas en la tradición española”, ya que los cantos populares representan la verdadera voz de los pueblos, como puede comprobarse en su magnífica obra “Ensayos sobre la poesía española”.¿Por qué esto?, dirá alguno. Por el buen gusto y la finura de percepción poética y lingüística del pueblo, conforme al pensamiento del Profesor Fradejas. No obstante, a pesar de la importancia de este tipo de poesía, no se le prestó la debida atención, tal como podemos entrever en los escritos de Fernán Caballero, Lafuente Alcántara, Joaquín Costa, Julio Cejador, etc. Sin embargo, en la actualidad ha crecido el interés por el conocimiento de este género de poesía. En parte se debe a la influencia del flamenco que ha ido, poco a poco, universalizándose. Y así Ricardo Molina no tuvo la mínima dificultad en afirmar que “… desde Cervantes y Lópe de Vega hasta Rafael Alberti se puede espigar LETRAS CANTABLES, flamencas por el espíritu y por la forma”. Las coplas populares/flamencas adquirieron un extraordinario auge, de tal manera que don Ramón Menéndez Pidal nos dirá que “… las coplas a lo largo del siglo XIX y principios del XX representan un fenómeno similar al de nuestros romances durante el XVI y XVII. Y don Manuel Alvar – mi nunca bien ponderado “Maestro” – afirmó: “… Estos cantos constituyen una de las vías más importantes de la lírica de la época. Si comparamos las composiciones de los “cancioneros flamencos” con los de tipo popular – observación que yo he realizado con poetas actuales – en general, se pone de manifiesto que si desde el plano del contenido de las diferencias no resultan significativas, lo que prueba el paralelismo sentimental, y sólo algunos temas como la muerte, maldiciones, el Dios gitano (Undebel), etc. que merecen tratamiento especial, desde el plano de la expresión, las diferencias son más notables: si métricamente las coplas flamencas comparten con los cantos populares, en general, ciertas formas como la seguidilla común y la cuarteta asonantada (Tirana), se han especializado; sin embargo, en la utilización de otras formas estróficas, como son la Soleá, la Soleariya, la Seguiriya gitana…. lo que nos dice es que el flamenco, en el plano poético y literario, es un arte que ha ido evolucionando a través de los tiempos. Y desde el punto de vista lingüístico, el flamenco se ha especializado igualmente en el empleo de determinadas estructuras fónicas y léxicas, lo que obliga a considerar la lengua de estas coplas como una variedad especial dentro del sistema general de la lengua española. He aquí, pues, otro de sus valores culturales. Me gustaría demostrar, en este acto de presentación de la obra discográfica de Pilar Marchena, que la poesía flamenca es “Popular y Tradicional”, dado que cuanto más estudio y observo esta relación, mayor claridad veo en ello. La “poesía flamenca” es “popular” no sólo porque la canta el pueblo sino porque – tal como escribió Gustavo Adolfo Bécquer en el “Prologo” de “La Soledad” de su amigo Augusto Ferrán, “… hay otra poesía natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembrazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía. La poesía de este libro, decía el poeta sevillano en referencia a los cantares de Ferrán, pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía popular es la síntesis de la poesía”. Pero no queda ahí la grandeza de la poesía flamenca, sino que no existe el más mínimo miedo en afirmar que es también “poesía tradicional” en el sentido acuñado por el eminentísimo filólogo Menéndez Pidal, quien nos dejó dicho: “… Existe otra clase de poesía más encarnada en la tradición, más arraigada en la memoria en la memoria de todos, de recuerdo más extendido y más reiterado; el pueblo la ha recibido como suya, la toma como propia de su tesoro intelectual, y al repetirla no lo hace fielmente de un modo casi pasivo, sino que sintiéndola suya, hallándola incorporada en su propia imaginación, la reproduce emotiva e imaginativamente y, por tanto, la rehace en más o en menos, considerándose él como parte del autor. Esta poesía que se rehace en cada repetición, que se refunde en cada una de sus variantes, las cuales viven y se propagan en ondas de carácter colectivo a través de un grupo humano y sobre un territorio determinado, es la poesía propiamente tradicional”. Este tipo de poesía, queridos amigos y buenos aficionados, la podemos ver totalmente incorporada en el flamenco, porque una de sus características es, precisamente, su omnivoracidad. Idea que, mucho antes, ya había expresado el “Padre de la Filología Española”: “… frente al principio romántico- decía Menéndez Pidal – de que cada poesía tiene un autor, una patria y una fecha, creo que es preciso afirmar categóricamente este otro: cada verso o cada detalle de una canción popular puede ser refundido en un tiempo, en un país y por un autor diverso de los que refundieron cada uno de los otros versos o variantes de la misma canción. Frente a la afirmación moderna de que una poesía tradicional es anónima simplemente porque se ha olvidado el nombre de su autor, hay que reconocer que es anónima porque es el resultado de sus múltiples creaciones individuales que se suman y entrecruzan; su autor no puede tener nombre determinado, su nombre es legión”, cfr. “Poesía popular y poesía tradicional en la literatura española”, Madrid, Espasa-Calpe, 1972. Y en honor de Pilar Marchena – permítaseme este detalle – diré que los romances alcanzaron su mayor apogeo en el siglo XV, de cuya expansión el mundo flamenco y gitano se sirvieron al máximo, y una vez fijada su estructura y aceptados por la comunidad como suyos, nuestros grandes poetas del siglo XVII – Lópe de Vega, Luís de Góngora, Francisco Quevedo, etc. – escribieron romances, muchos de los cuales fueron adoptados por el mismo pueblo - de manera especial los gitanos - y transmitidos oralmente de generación en generación. De la misma manera, una vez fijadas las estructuras métricas de los cantes flamencos, nuestro poetas contemporáneos- Bécquer, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Rafael Alberti, García Lorca, Gerardo Diego, Rubén Darío, Manuel Machado, Francisco Villaespesa, Salvador Rueda, José Sánchez Rodríguez, Ricardo Molina, Antonio Murciano, José Luís Tejada, Juan Rejano, Concha Lagos, Juan Gutierrez Padial, Alfonso Canales, José Manuel Caballero Bonald, Fernando Quiñones, Félix Grande - y tantos otros que haría interminable esta lista – pusieron la vista en ellos y han contribuido, con sus creaciones, a incrementar el acervo cultural del pueblo andaluz que no ha tenido más remedio que servirse de las coplas para expresar bellamente todos los sentimientos que alberga en su corazón. Porque el cante – aquí tenemos a Pilar Marchena – cumple una función consoladora de psicológica expansión:
copla atribuida, desde siempre a la famosa cantaora Trinidad Navarro Carrillo “La Trini”. Y en esta línea podemos recurrir al poeta más representativo del Romanticismo, el sevillano Bécquer, quien nos dejó escrito un poema que, por su temática y estructura, puede ser considerado poesía flamenca:
Ambos poemas fueron interpretados por este humilde cantaor-profesor (vid. “Cantes a los poetas andaluces”) que esta tarde-noche goza del alto honor de reseñar sólo algunos aspectos de tan ilustre Profesora-Cantaora- PILAR MARCHENA – que interpreta los cantos/cantes con su voz, dulce, delicada y melodiosa, idest, desde su propia forma de ser. El cante – hablo por propia experiencia – es, en suma, un fenómeno muy complejo, que radica en la concepción que cada intérprete tenga de la vida y su proyección. Y porque el cante – en síntesis – ni siquiera “SE SIENTE”, sino que “SE VIVE”. Pilar Marchena se define específicamente como “La soprano del cante flamenco”, pero en línea ortodoxa y pura de la tradición que ella ha sabido captar a través del estudio, del esfuerzo y, sobre todo, de su inmensa afición. MUCHAS GRACIAS….. Villanueva Mesía- Granada, 9 de noviembre de 2010. |