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escrito por Alfredo Arrebola   
CHANO LOBATO JUAN MIGUEL RAMIREZ SARABIA

CHANO LOBATO (1927 – 2009)

Ya no volverá a repetirse el ceremonioso ritual de alabanzas y glorias ante la majestad y elegancia de los “cantes bien expresaos y dichos con la mayor ortodoxia ”. Se nos ha ido el último “Papa del Cante Gaditano”, Juan Miguel Ramírez Sarabia. Durante su vida artística fue conocido como CHANO LOBATO, alcanzando la inmortalidad flamenca con su voz, sus palmas, su ritmo y compás. Aquí habla más el corazón, ahora triste y herido, que la fuerza de la palabra hecha escritura para proclamar a los cuatro vientos que Juan, con quien compartí cartel en muchos pueblos andaluces, era un fiel gaditano totalmente enamorado de su tierra, la venerable y mitológica Gades que tanta gloria, cultura, arte y valor patrio ha derrochado en el transcurrir de los tiempos.

En el famoso Barrio de Santa María, y en la calle Botica, vio la luz primera Juan Miguel Ramírez Sarabia, hijo de Sebastián y Carmen, el día 7 de diciembre de 1927. La niñez y juventud de Chano Lobato fue triste en extremo, ya que se quedó huérfano de padre cuando sólo contaba con 15 años, viéndose obligado a trabajar en el puerto de su Cádiz natal para ayudar a las necesidades de la casa familiar. Y en esta tierna edad ya comenzaba sus primeras andanzas nocturnas junto a Pericón, a Capinetti o Antonio Martínez “El Peste”, etc. “Las circunstancias y su yo” – Ortega y Gasset- convirtieron a aquel adolescente en un jornalero del cante.

Y así, por las noches, no le quedaba más remedio que ir a buscar “señoritos” – “a veces también había señores”, nos comentaba este distinguido gaditano – y, a la mañana siguiente, tenía que ir a cobrar. No existía otro camino. Y si había suerte, recogería el fruto del trabajo de la noche anterior. A esto lo llamaba Chano las “fatiguitas”, es decir, “el cantar para comer”. Al cumplir los veinte años marchó a Barcelona y poco después a Madrid, donde cantó en el ballet de Alejandro Vega, durante varios años. Cinco años más tarde se fue a Sevilla, llevando a cabo su trayectoria artística en el Pasaje de “El Duque”.

 

En la “Ciudad de la Giralda” conoció a la que sería su esposa, la bailaora Rosario Peña. En el año 1953 sería premiado en el gaditano “Concurso por Alegrías”, marchando de nuevo a Madrid para actuar en los tablaos madrileños de “El Duende” y “El Arco de Cuchilleros”, así como en el espectáculo de Manuela Vargas, en París, Roma y Londres. Poco después entraría a formar parte del ballet de Antonio – dieciséis años estuvo en la Compañía del inmortal sevillano Antonio Ruiz Soler – actuando por los cinco continentes, junto a artistas de la categoría de Antonio Mairena, Sernita de Jerez, Manuel Morao y otros destacados artistas. De nuevo regresará a Sevilla, convirtiéndose en el cantaor preferido de la bailaora Matilde Coral, y alternando, al mismo tiempo, sus actuaciones en peñas flamencas, es decir, “cantar alante”, consiguiendo, sin la menor duda, llamar la atención de los aficionados y – cómo no – la inclusión en los carteles de los festivales andaluces. En el año 1974 obtuvo el premio “Enrique el Mellizo” en el Concurso Nacional de Córdoba. A partir de aquí comienza su claro ascenso artístico, llevándolo a participar en la serie televisiva “Rito y geografía del cante”, lo que le supuso una extraordinaria popularidad y participar en los más famosos eventos flamencos, con marchamo de primera figura. Algo que era totalmente lógico, dado que Chano Lobato, con sus 47 años ya cumplidos, se encontraba en el momento más álgido de su vida artística. Y desde entonces su dimensión cantaora no ha dejado de crecer, sino todo lo contrario: el tiempo y la sabiduría innata estaban íntimamente ligados en la persona de Chano Lobato, verdadero archivo viviente de los estilos de su tierra. Juan era capaz de recrear las letras y los aires más insospechados: tangos de Gardel por bulerías, tanguillos y tercios de soleá de inapreciable sabor antiguo.

 

Era un cantaor largo y “redondo”, como se dice en el argot flamenco. Habla la voz de mi experiencia cantaora, esto es, un testimonio verídico y fidedigno. Chano, prácticamente, lo cantaba todo y – sin ánimo de superflua vanidad y amiguismo – casi todo muy bien, de la seguiriya a las tonás, la farruca y el garrotín, los cantes de ida y vuelta, y por Cádiz -¿quién me lo negará? – era un “Maestro”; sí, “Magíster, Vir bonus et Peritus dicendi” (Quintiliano, 42 d.C). Y si mi testimonio no es suficiente, recurro a la autoridad del flamencólogo y poeta jerezano, Manuel Ríos Ruiz, quien escribe: “…Chano Lobato es el rey del compás y un consumado maestro. Ni más ni menos. Su cante, todo ritmo y sentimiento, contiene toda la gracia y el garbo de la salada claridad gaditana, a la par que una hondura ingénita y verídica, consustancial, que estremece y nos alborota los adentros. Su dominio de las más variadas cantiñas: alegrías, romeras, mirabrás y caracoles; de los estilos llamados de ida y vuelta: guajiras, rumbas, colombianas…; de los tanguillos populares y pícaros, giros que dice con un salero único; de las soleares añejas de su lar nativo; de las bulerías bien recogías y pellizqueras…, de todo el abanico cantaor andaluz, en una palabra, es verdaderamente sorprendente (“Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Flamenco”, Tomo I, pág. 408 (Madrid, 1988).

 

Quisiera – como intérprete flamenco – hacer una breve reflexión ante la gravísima figura del recientemente fallecido Chano Lobato (Sevilla, 5 de abril de 2009, en la calle Ganso): ¿Cómo se hace uno cantaor? ¿Dónde se aprende? Porque, a decir verdad, Chano Lobato no llevaba sangre flamenca en sus venas, es decir, él no pertenecía a ninguna de las grandes familias que forjaron los llamados “Cantes de Cádiz”, como, por ejemplo, los Ortega, de los cuales Manolo Caracol llegaría a ser su más grande representante; ni era descendiente de Enrique el Mellizo; los Ezpeleta, un apellido navarro que aún llevan los descendientes de aquel ilustre Ignacio Ezpeleta que, un día, dejó boquiabierto a Federico García Lorca por su concepción del trabajo y la condición de gaditano. Nada de eso encontramos en Chano Lobato, ni tampoco era gitano. ¿Qué sucedió? Simplemente: Juan Miguel Ramírez Sarabia nació en el Barrio de Santa María, una de las más originarias mecas del arte flamenco. Por allí oía cantar a José El Morcilla, nieto del Mellizo, a Tía Luisa Butrón, a Aurelio Sellés, a Pericón, a Manolo Vargas….., quienes forjaron a un gigantesco artista que tenía la inmensa capacidad de resumir el Espasa en un cante por bulerías y que logró – cosa rara – ser un andaluz universal y profeta en su tierra y porque, además, el cante no es de los gitanos, ni de los payos, sino “del ser humano”. Nada más. En síntesis, y flamencamente hablando, no hay el más mínimo error en afirmar que Chano Lobato fue el rey del compás, de la gracia y sabiduría flamencas; se emocionaba con el cante y éste se engrandecía. Su prestigio dentro del ámbito flamenco ha sido reconocido unánimemente. Y en prueba de ello, la Tertulia Flamenca El Gallo, de Morón de la Frontera, le tributó un homenaje en 1986, imponiéndole su “Insignia de Oro”.En ese mismo año, le fue otorgado el premio “Compás del Cante”, como también fue galardonado con el Premio Nacional de la Cátedra de Flamencología de Jerez, el Premio Ondas, Premio “Calle Alcalá”, y no menos recompensado ha sido con el nombramiento de Hijo Predilecto de Cádiz y la imposición de la Medalla de Plata de Andalucía. El nombre de Chano Lobato queda registrado en los anales flamencos como uno de los maestros más relevantes de todos los tiempos. Razón más que sobrada para que Juan Miguel Ramírez Sarabia “CHANO LOBATO” figure entre los “Forjadores del Arte Flamenco” de nuestra revista “El Olivo”.-