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escrito por Alfredo Arrebola   
miércoles, 21 de enero de 2009
EL Niño de Gloria : Rafael Ramos Antúnez

EL  GLORIA (1893 – 1954).

Hace tiempo que vengo arrastrando con  una fuerte;  espina  clavada en  mi corazón: saldar una deuda  contraída con una de las figuras más representativas del  llamado “Cante de Jerez”: NIÑO GLORIA, nombre artístico que corresponde a Rafael  Ramos Antúnez, cantaor gitano nacido en la calle Nueva del barrio de Santiago de Jerez de la Frontera , el día 27 de abril de 1893. Ante esta  colosal figura del  Cante, no tenemos más remedio que hacernos la  siguiente pregunta: ¿Qué delito cometió, el Niño Gloria, para estar tan  olvidado, habiendo sido tan extraordinario cantaor? Misterios del arte flamenco; son fenómenos que ocurren en todas las  actividades. Bien  pega  aquí lo que tantas veces hemos leído en el “Quijote” de don Miguel Cervantes: “…Suerte te dé Dios, que ciencia no te  hará  falta”. Ignoro si habré cumplido con este genial e influyente artista – aunque algunos flamencólogos no se acordaron de él – con los fandangos y saetas que  he grabado, siguiendo el ejemplar modelo del jerezano; pero, al menos, yo he sido un  fiel  seguidor  del posiblemente mejor cantaor de saetas y fandangos, aparte de las maravillosas soleares, sublimes seguiriyas y los majestuosos y venerables cantes por martinetes. Si tuviéramos que sintetizar a este inmortal cantaor jerezano, bastaría con escribir: Rafael Ramos Antúnez: UN CANTAOR PARA LA GLORIA. Precisamente corre la versión de que su  apodo  artístico fue debido a la constante repetición – según unos – del estribillo “Gloria a su bendita  madre Vitoria” en  uno de los villancicos que él  popularizó, y cada año lo interpretamos lo más correcto  posible, pero siempre conforme  al  modelo del Gloria. Aunque, según he podido averiguar, Rafael no lo graba hasta 1930 y -¡qué ironía!-  en el año 1919 ya era conocido como “El Niño Gloria”, según me refirió  Manuel Celestino “Cobitos de Graná” (1896 -1986) quien, por cierto era oriundo de Jerez de la Frontera, cuando  participó en el homenaje al cantor Antonio Silva “El Portugués” (siglos XIX-XX)- discípulo directo de Dolores “La Parrala”, quien le transmitió los cantes de Silverio. Este homenaje tuvo lugar en el café Variedades, de Sevilla.

Nadie pone en duda que Jerez es la catedral del vino, del cante y de los toros, ya que esta milenaria ciudad cuenta, desde los inicios, de unas connotaciones sui géneris, especiales y distintas de los demás pueblos  andaluces que han  creado “estilos  flamencos”. Y no es nada nuevo decir que la “cuna” del cante está en Andalucía: aquí nació, y aquí fue recibiendo más tarde las influencias bizantinas, judías, árabes y gitanas que vinieron a darle la “forma definitiva” que tienen  los   cantes  flamencos. En ella  se fraguó, y ella es la depositaria de tan  recio  arte. Se ha dicho y repetido que el sustrato  del cante  es  tan  longevo y profundo que se  confunde con la nativa  actitud    andaluza  para  cantar  y bailar. Ya  Avieno, en su obra “Ora marítima”, se refiere,  remontándose al siglo VI antes de Cristo, a la “rítmica” de los pueblos de la Bética.

 

Que Andalucía entera canta, es una verdad incuestionable; sin  embargo, la médula  de los  cantes está en la Baja Andalucía, en el rincón de Jerez y de  Los Puertos, donde más que  por  diversión  se  canta  por  necesidad  fisiológica y  temperamental. Y si se puntualizara, la raíz última de este cante estaría en  la zona que los  vinateros denominan  “zona  del  marco de  Jerez”. Pues bien, en ese barrio de Santiago  que   representa el corazón gitano de la ciudad, se fue formando Rafael en reuniones familiares para saltar, relativamente joven aún, a Sevilla (1910), donde ya se  encontraban sus hermanas Luisa Ramos , conocida como “La Pompi” y María Juana “La Sorda”, excelentes artistas del cante y baile. Una vez instalado en Sevilla, comienza a frecuentar  los ambientes flamencos y, como buen aficionado, se va empapando de la sabiduría de otros artistas, ya que El Gloria procedía de ambientes campesinos y humildes, pues sabemos que de joven se  dedicó a trabajar en  el campo con otros  miembros de su familia. Asimismo, conocemos que el cantaor jerezano alternó con las  más  grandes figuras de aquella época: Chacón, Manuel Torre, Cojo de Málaga, Pastora y Tomás Pavón, Manuel Vallejo, Manuel Centeno, Manolo Caracol, entre otros. El tirón fuerte  del  Gloria estaría en la  saeta, consiguiendo ser un fijo en los principales  balcones del centro de Sevilla en los días de Semana Santa. Además de este cante, bien pronto comenzó a destacar en las bulerías de su tierra – cante corto y veloz – que sólo él y  Juanito  Mojama (1892 -1957),  otro de los sepultados en la cuneta del olvido, conocían  mejor que nadie, en los comienzos de los años 20. En la Exposición Universal de Sevilla de 1929, junto a Mojama, trabaja en el Kursaal Internacional, y lo mismo haría cuando se inaugura el Kursaal Imperial de Madrid, junto al Niño Medina, Cojo de Málaga, Luisa  Requejo, etc.

 

Según José María Castaño – “ De Jerez y  sus cantes”, pág. 164 (Almuzara 2007) – El Niño Gloria no fue un cantaor proclive a las numerosas giras que se organizaron por los  años 30, tal vez porque su perfil no encajaba demasiado con las veleidades artísticas  de  la época, aunque su fuerte carisma en  el  fandango le hubiera bastado para alistarse a  cualquier  compañía. En 1927 estuvo  contratado en el  Monumental Cinema (Madrid), donde llamó poderosamente la   atención cantando por bulerías, fandangos y seguiriyas. Su fama se  extendió por todo  el  país cuando grabó sus primeros  discos con el Niño Ricardo a la  guitarra (Regal, 1929). Sin embargo, triunfó aún más con los discos que hizo  con Manolo Badajoz, especialmente con su “Nochebuena” por bulerías, y los fandangos que lo inmortalizó: “Te tiene que castigar”. Sin la menor  duda, Rafael   Ramos “Niño Gloria” se había convertido en  una  primera   figura  del arte  flamenco. Conocemos también que El Gloria fue contratado por el torero-dramaturgo Ignacio Sánchez  Mejías para formar parte del elenco   artístico “Las calles de Cádiz” (1933), famosa troupe dirigida por Encarnación López “La Argentinita” y formada por Juana “La Macarrona”, Rafael Ortega, Espeleta y Pilar López, y otros importantes  artistas.

 

Al estallar la guerra civil (1936) se refugia en Sevilla, viviendo sólo de las   fiestas en la Alameda de Hércules; así   aguantó varios años, entre fiestas y su trabajo en Semana Santa. En los inicios de los años 50 comienza su  declive profesional y se ve ovligado a rifar papeletas y vender  chucherías para sobrevivir.

 

Permitidme, amables lectores, que estas sencillas palabras sean un reconocimiento póstumo a dos grandes figuras flamencas: El Gloria y Mojama, quienes se vieron obligados a vender tabaco y cerillas al final de sus vida: sic transit gloria mundi, que nos diría el  “Eclesiastés”, por desgracia el drama del arte andaluz durante muchas y continuadas décadas. Rafael Ramos murió pobre y olvidado, el día 11 de febrero de 1954 en su casa sevillana de Divina Pastora. Y nadie, absolutamente nadie, podría negar que su amplia  discografía pone en  aprieto a aquellos que lo marginaron a la  categoría única del fandanguillo, cuando hay que descubrirse en sus  cantes por Martinetes, Seguiriyas, Soleá, Bulerías por soleá y Saetas. Jerez de la Frontera y el “mundo flamenco” siguen aún en deuda con El Niño Gloria.