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Enrique Morente in Memoriam E-Mail
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escrito por Alfredo Arrebola   

ENRIQUE   MORENTE (1942 – 2010)  IN  MEMORIAM.

¡Sólo hace una semana que Morente nos ha abandonado!. La terrible y moderna enfermedad, odiada por todos, se ha llevado consigo a un auténtico genio del arte flamenco: Enrique Morente Cotelo, conocido artísticamente  como ENRIQUE  MORENTE,  y nacido en el  típico y monumental  barrio granadino del Albaicín el día 25 de diciembre  de 1942. Unos días faltaban para que  cumpliera 68 años. Pero “la hermana muerte” – como la llamaba san Francisco de Asís – lo arrebató hacia los más desconocidos lugares que la imaginación logra  alcanzar.

El periódico GRANADA  COSTA quiere – ¡cómo no!– rendir un modesto  homenaje póstumo al inmortal  granadino que  llevó  el  Flamenco, cuyas raíces primitivas hay que buscarlas por las antiguas  tierras del  reino nazarí, a los más recónditos lugares de  Europa, África y  América : el universo  mundo llegó a conocer la voz del poeta del cante jondo, ilustre maestro, “sin aspavientos – escribe Juan Vellido – ni notoriedad, ni esas necias acrobacias de los filibusteros del arte y las letras que más que la emoción buscan la foto y la fama” (Ideal, 18/12/2010). Enrique era otra cosa….

Es lógico pensar – y admitir – la profunda tristeza  que me produjo la muerte de mi  inolvidable amigo y compañero Enrique  Morente: paré mi  coche, cerré mis ojos y, con las manos juntas mirando al cielo, recé un Padrenuestro. Se agolparon  en un momento muchos y  variados pensamiento sobre la muerte. Nunca admití lo del filósofo  Martín  Heidegger: “El hombre es un ser para la muerte”, sino las supremas y consoladoras  palabras  de san Agustín: “Ad  maiora nati sumus” (Hemos nacidos para  cosas  más  grandes). Es el sentimiento cristiano el que predomina en las coplas flamencas: “Yo no le temo a la muerte /que el  morir  es  natural /sólo  me  temo a  las  grandes  cuentas/ que a mi Dios he de dar”, oí cantar por  seguiriyas – más de una vez – a Morente, una de las voces más luminosas de nuestro flamenco. Porque, a la verdad, Enrique lo  repetía con frecuencia: “Mi voz me sale de adentro, de lo que he visto  y vivido”. Esa es la auténtica  vivencia que tenemos los que nos dedicamos a tan noble y sublime oficio.

¿Quién podrá  dudar de que en la voz de Morente habitaba el espíritu  más jondo? Así fue. De ella  surgió la inquietud y el llanto de su pueblo albaicinero  y, además, pregonó el drama, la miseria, la vida y  la  muerte de la gente sencilla. Ese  es  el epicentro del flamenco: sistema complejo de vivencias. Que  se quiten quienes señalen otros horizontes; que dejen tranquilo al complejo y enigmático mundo del  flamenco aquellos que buscan fama, figurar en los medios de comunicación; y menos aún, quienes defienden  sólo aspectos reivindicativos del mundo político y social. Nada más lejano a la esencia metafísica – óntica, en una  palabra – del verdadero arte flamenco expresado  en  su  trilogía de Cante, Baile y Toque.

Mi vieja y leal amistad con Morente   comenzó en el año 1966, cuando tuvimos la inmensa suerte de ser premiados en Madrid – Casa de Málaga – con el anhelado y sublime “I Premio de Malagueñas”. Dos granadinos – él, profesional; yo, “aficionado no profesional”, conseguían, en noble  lid, tan importante  premio. Muy pronto, yo uniría  para siempre el flamenco y la vida docente. Ambos hemos ido  buscando  la “verdad flamenca”, aunque  por diferentes  caminos.

Enrique tenía un talento natural que le impulsaba ineludiblemente a buscar nuevos  derroteros, aunque  siempre abanderó el flamenco clásico, pero, al mismo tiempo, defendió la mixtura y la fusión, el hermanamiento con otros cantes, dado que él  estaba  totalmente convencido de que el  flamenco tiene  sus raíces en múltiples músicas venidas de  otras culturas a través de esa gran  puerta del Mediterráneo  andaluz., es decir, Morente fue un renovador del flamenco, el gran  mediador del cante  jondo con  otras  músicas y, sobre todo, - como afirman algunos críticos – el creador de un estilo refinado y elegante – viva moneda que nunca se volverá a repetir – que ha hecho añicos la vieja leyenda del rudo, tosco, indomable flamenco. Como también puede añadirse que  “El Ronco del Albaicín” ha sido un artista comprometido con su arte – lo sé por  propia experiencia y trato con él -, un exhuberante  talento flamenco y hombre fuera de lo común, algo que siempre le honraba al tristemente desaparecido cantaor granadino.             

En los primeros años de su vida artística, Morente era conocido como “Enrique El  Granaíno”. Al cumplir los 15 años, guiado por sus deseos de aprender, se marchó  a Madrid , donde frecuentó la amistad y el magisterio de Pepe el de la Matrona, Bernardo el de los Lobitos, Rafael  Romero,  Juan  Varea, Manolo de Huelva y otros  destacados artistas  flamencos, alternando con ellos en reuniones de “cabales” y fiestas  íntimas; la misma  función  llegó a realizar en Cádiz  con el famoso cantaor Aurelio de Cádiz.

En los primeros años de su estancia madrileña (1960) tuvo el honor  de  ilustrar  las conferencias  del flamencólogo don José Blas Vega, organizadas por la Sociedad Amigos del Cante Flamenco en la Casa de Málaga en  Madrid, acompañado a  la  guitarra  por Manolo de  Huelva y Vargas Araceli. En 1964, con la pareja de baile Gloria  y Camborio, actúa en diversas salas de fiesta, y es, asimismo, contratado para cantar con el ballet de Mariemma, en el Pabellón Español de la Feria  Mundial del  Nueva York y en la embajada  española de Washington. A partir de este triunfal momento  artístico la vida de Enrique Morente dará un giro total: viajar por  todo el mundo (Europa, América, Africa …), llevando por bandera el cante que él había aprendido de su propia madre, Juanillo el Gitano, Cobitos de Graná y de la  familia los Habichuela, es decir, el ambiente flamenco del  Sacromonte y  Albaicín  y, por otra parte, deseando ardientemente transformarlo, pero – eso sí – guardando fidelidad a la tradición recibida. Ese  contraste – tradición y renovación – ha convertido a Enrique Morente en un referente fundamental dentro del desarrollo cíclico del cante. Y es verdad que el albaicinero ha creado nuevas variantes estilísticas a partir de los cánones tradicionales. Es, por tanto, un cantaor actual sin abandonar el pasado. Enrique Morente recibió un rico caudal flamenco y ha sabido, sin la menor duda, aprovecharlo, curtirlo, darle “nuevos ecos” rigurosamente  flamencos. Dentro de su heterodoxia, por esa llama viva de su  propio  ser, ha  procurado  mantener y  moldear, sin  apartarse de las  más exigentes pautas  musicales de los cantes, y adaptarlas a sus  necesidades expresivas. El cantaor granadino ha sido, sin  la  menor duda, un renovador del  cante  flamenco. Y no me duelen prendas en afirmar que el “cante de Morente” – muerto en Madrid, el día 13 de Diciembre-  es un punto de referencia ineludible si deseamos conocer el  estado actual del flamenco. Sostengo, con la mayor  objetividad posible, que las heterodoxias de Morente – según algunos críticos – no son más que  verdaderas tentativas para fijar una nueva ortodoxia. Ahí  está su   inconfundible e inmensa obra discográfica: Cante flamenco (1967), Cantes antiguos del Flamenco (1967), Homenaje  Flamenco a Miguel Hernández (1971), Homenaje Flamenco a  Antonio Chacón (1977), Morente sueña la Alhambra (2006), Pablo de Málaga (2008), entre otras muchas. Es Hijo Predilecto de la Provincia de Granada y “Medalla de Oro de la Ciudad de Granada, etc, etc. Y  uno de los grandes “Forjadores del Arte Flamenco.

 

                                    Villanueva Mesía, 18 de diciembre de 2010.-

 

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