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NAVIDAD ANDALUZA. Breve reflexión
Volveremos, un año más, a celebrar la Navidad. Quiero servirme de este medio actual y tan sutil, Internet, para expresar públicamente esta breve y sencilla reflexión: la de un Cantaor que, afortunadamente, ha logrado una mediana cultura filosófica y teológica, puesta siempre al servicio de los interesados en estas materias: ARTE y RELIGION.
Una de las más preclaras inteligencias de la filosofía, J. Hegel (1770 -1831), dijo: “Toda la historia tiende a Cristo y viene de El; la aparición del Hijo del Hombre es el eje de la historia humana”. No cabe mayor profundidad reflexiva, ya que se adapta totalmente a la verdad histórica y teológica. La teofanía de Cristo, hecha carne humana, es un misterio que escapa a la capacidad intelectual del ser humano. Por eso es misterio. Ahora bien, ¿qué papel juega el arte flamenco, podríamos preguntar, en una fiesta tan específicamente cristiana y, al mismo tiempo, tan andaluza?. Es la pregunta de un cantaor y humilde aficionado a “escribidor”.
No olvidemos que fue en esta tierra andaluza donde se instaló el primer belén artificial para recordar el hecho más trascendental en la historia de la humanidad: El nacimiento del Mesías, anunciado por los profetas del Antiguo Testamento y tan esperado por el pueblo Israel. Es decir, DIOS HECHO HOMBRE. Lo repetimos, una vez más, misterio y nada más, aunque se estudie a la “luz de la razón natural”. Pero siempre traspasará los límites de la “Razón pura”. Es cierto que Navidad es sinónimo de alborozo, de besos, de luces de colores, de fiestas luminosas, de regalos y más regalos…. La Navidad es tiempo también de pastorales callejeros con sus zambombas, panderetas, botellas de anís, villancicos… Pero la Navidad son días, para muchas personas, de copiosas heladas y nevadas sin fin sobre el alma; días de establos abandonados, de frío, de hambre, de soledad, de dolor… José y María sufrieron en sus almas y en sus cuerpos la desolación y la amargura de verse rechazados, por insolventes, de los lugares donde palpitaba el fuego, alrededor del cual comían, bebían y reían los considerados pudientes, los teóricamente dichosos. Asimismo, la Navidad es tiempo de zozobra para quien le calcina su soledad no deseada; para quien en fecha aún lejana perdió para siempre a un ser querido; para quien ve crecer en su jardín, descuidado por falta de ilusiones, la planta amarga del desamor; para quien tiene su nave envarada bajo las blancas sábanas de una cama hospitalaria; para quien eligió con valentía la soledad silenciosa al desterrar de su alma, de su sangre y de sus días a un corazón indiferente; para quien no tiene nada qué comer ni qué beber o no tiene ganas ni gusto en ello; para quienes, como dijo un viejo poeta andaluz, desearían que los dejasen comer un huevo duro y un yogour, de pie, mirando a ningún sitio, con los ojos demasiado secos para ver, o demasiado arrasados en lágrimas… Para ellos, esta efemérides religiosa es una fiesta de gozo y de gloria, precisamente para ellos, los no dichosos, porque la Navidad y el “pequeño Dios” vienen a despertarlos de tantos y tantos sueños de tristezas, soledades, amarguras y miserias, y a enseñarles a mirar la vida y a vivirla con la sonrisa abierta y la mirada inmaculada de un niño. |