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escrito por Alfredo Arrebola   
lunes, 14 de abril de 2008

¿Qué es el flamenco?

Miedo me causa, y no menor respeto, poner mis manos sobre el teclado del ordenador para explicar, si fuera posible, qué es el flamenco. Como intérprete lo he definido siempre así: Un sistema complejo de vivencias humanas. Esta definición no ha sido más que producto de muchas y reflexivas lecturas y una larga experiencia cantaora. La historia del arte flamenco es, ciertamente, corta en edad y expansión, puesto que bien poco inquietó a los historiadores , poetas y escritores en sus comienzos. Hay, sin embargo, algunas excepciones: José Cadalso Vázquez, Serafín Estébanez Calderón, Fernán Caballero, Gustavo Adolfo Bécquer, Don Preciso, Antonio Machado y Alvarez “ Demófilo”, Salvador Rueda, Federico García Lorca, don Manuel de Falla, etc. La Flamencología moderna está haciendo esfuerzos para reconstruir la historia, afirmaba Fernando Quiñones, de una de las expresiones folklóricas más ricas del mundo: EL FLAMENCO, cuya actual revalorización , tanto en España como fuera de ella, alcanza un auge que se extiende a numerosos campos de la cultura y el arte.

Debemos reconocer, objetivamente hablando, que es difícil dar una definición exacta de lo que significa realmente el término Flamenco; sin embargo, el eximio músico sevillano Joaquín Turina lo definía así: “... Manantial inagotable de infinita belleza”, según leemos en su obra “ La música andaluza”. El flamenco, ante todo, es un arte que ahonda sus últimas raíces en la música popular, pero recreada y sublimada. Se trata, por tanto, de una “creación personal”. El intérprete flamenco no rechaza, sino todo lo contrario, lo popular, lo folklórico, pero siempre “recreando” con materiales ya existentes y “engendra”, pues, una música nueva. Por tanto, en el flamenco, objetiva e históricamente considerado, no vale aquel principio filosófico “ Productio rei ex nihilo sui et subiecti”, pero sí hay que admitir que es una “recreación musical perfecta” del cantaor. Por tal motivo, si nos fijamos bien , todos los estilos flamencos guardan ciertas similitudes. Y en esta misma línea está el pensamiento de J. Turina, quien escribe: “... Creo que el pueblo recoge los cantos que, por tradición, llegan a él; dichos cantos sufren transformaciones, nuevos ritmos, deformados según la ideología de las razas que atraviesan, adornados con melismas y simplificados en algunas regiones, pero siempre a base de un tronco, de una médula, de una primera materia ya existente. El pueblo adapta y transforma, pero no crea. Las masas no crean nunca; la creación es eminentemente individual”, cfr. “La música andaluza”, pág. 45.

 

Guiado por estas observaciones, llegué a la conclusión de que el cante flamenco no es popular, sino que puede ser considerado - lo digo plenamente convencido - una “ música clásica” en la misma medida y proporción que la comúnmente admitida desde tiempos inmemoriales. Tengo argumentos históricos, y si cabe apodícticos, para demostrarlo. Por eso me causa profunda tristeza que llamen “flamenco” a lo interpretado por Manolo Escobar, El Fary, Peret, etc. etc.. Nada más lejano a lo que realmente entendemos por “Flamenco”, que traspasa - en esto coinciden todos los tratadistas - la barrera de “ lo folklórico”. Por ello, mi experiencia me dice que el flamenco, “el auténtico”, debe ser estudiado y analizado con la mayor objetividad posible desde su nacimiento y desarrollo histórico-artístico.

 

El cante se ha hecho a base de dolor y grito, de incomprensiones sociales, políticas y religiosas. “ Los pueblos que más cantan, decía Gerardo Núñez de Prado en “ Cantaores andaluces”, pág. 2, son los que más sufren”. Esto es un principio general que, aplicado al pueblo andaluz, lo define perfectamente. Porque a este pueblo no le quedó más remedio que cantar para olvidarse de sus penas, que es también una parte de su historia. Su cante está repleto de lágrimas, y él mismo lo dice cuando llora esta copla:

SI PIENSAS QUE PORQUE CANTO

TENGO EL CORAZÓN ALEGRE,

YO SOY COMO EL RUISEÑOR,

QUE EN NO CANTANDO, SE MUERE.

Con la mayor sinceridad y humildad, quiero manifestar mi pensamiento: el flamenco tiene, para mí, como principio y fin expresar el mundo íntimo, personal y apasionado del ser humano, del hombre en abstracto, en la voz del cantaor. Nunca jamás un cantaor será un rapsoda de hazañas o aventuras exteriores de un pueblo, ni siquiera de una familia, de una raza. No. Lo que el flamenco expresa son sentimientos e intuiciones radicales, es decir, VIVENCIAS HUMANAS. Por tal razón - así lo parece - se le buscó un epíteto que lo definiera perfectamente : CANTE HONDO/JONDO. El flamenco supone también la exteriorización de un determinado estado de ánimo y un peculiar y congénito estilo de vida, es decir, “El ser flamenco”.

 

El flamenco supone, según mi experiencia, la exteriorización de un determinado estado de ánimo, así como un peculiar y congénito estilo de vida. Este es también el pensamiento de J.M. Caballero Bonald, el cual escribe: “... El proceso expresivo del cante, su repentina acumulación de exploraciones en el vacío, se convierte así en el vehículo de liberación o de catarsis o, si se prefiere, una rudimentaria forma de exorcismo contra ciertos lacerantes acosos autobiográficos”, cfr. “Luces y sombras del flamenco” (Barcelona, 1975).

 

Lo que el cantaor busca es - según opinión generalizada - es transmitir a unos concretos testigos su historia personal, vivida en las cavernas de su propio instinto o reabsorbido a través de un patético y familiar aprendizaje humano. Tal es así que, en muchas ocasiones, el cantaor se olvida totalmente de sí mismo. Por estas notas características y debido al carácter individual y hermético, me parece que el andaluz nunca consideró al flamenco como un fenómeno musical procedente de sus propios almacenes artísticos. Gracias a la continuada práctica en este bello campo profesional, me ha llevado a pensar que es grave error aceptar la teoría que defiende que la represión ha sido la base última del flamenco. No la puedo aceptar. Yo creo que el arte, metafísicamente considerado, nunca debe ser producto de una represión, por más que Julio Vélez dijera que “... Ahondar en las raíces del flamenco, es ahondar en las heridas de un pueblo hasta dar con sangre. Por algo Tía Anica “La Piriñaca” - parece ser que no era gitana - dice que sólo canta cuando la boca “ le sabe a sangre”. Y es que la sangre, en su sentido más trágico, tiene mucho que ver con el flamenco: sangre de inquisición, sangre de reyertas, sangre de látigos y sangre de faroles y sangre de fusiles: sangre a secas, sangre de hombre, sangre caliente”, cfr. “Flamenco. Una aproximación crítica”, pág. 11. Toda teoría es digna de respeto, por tanto respeto lo dicho por el Sr. Vélez; sin embargo, no estoy de acuerdo, ya que los elementos que ofrece Julio Vélez pueden ser considerados “ elementos exógenos”, pero nunca definitorios de la esencia del flamenco. El artista flamenco no es, ciertamente, un historiador, ni un filósofo o un sociólogo, sino un “intérprete y transmisor” del complejo sentir del ser humano. Por otra parte, la expresión “ la boca sabe a sangre” tiene en el flamenco muchas interpretaciones, y una de ellas consiste en tomar el flamenco como una liberación de todos los elementos que “atan” al hombre. Por tanto, se sobrepasa el plano de lo antropológico, psicológico, religioso, etc., para adentrarse en el plano metafísico o, mejor aún, “óntico”, considerando al hombre el epicentro del arte flamenco en su trilogía de Cante, Baile y Toque.

 

Pero el flamenco no es sólo liberación y purificación”, sino que con él se intenta buscar “Algo” que esté por encima del mismo hombre: sentido religioso, teológico y escatológico del arte, es decir, busca “lo trascendente”. A mi me parece que el andaluz, cuando canta, baila o toca la guitarra, quiere agradecer esos males que le permitieron sentirse en trance e intenta arrancar a su pecho el melódico mensaje de sus palabras. Sobre esto, me sirvo de la autoridad de Rafael Cansinos Assens: “ El andaluz es, ante todo, individuo e ignora los clamores populares y solidarios”, cfr. “La copla andaluza” (Madrid, 1976 ). En resumen: el flamenco es, sencillamente, una queja resignada, individual y personal, pero jamás signo de protesta política.; y, en última instancia, una forma de definir a nuestra milenaria Andalucía.