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El sentir flamenco en Lorca-Hernández E-Mail
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escrito por Alfredo Arrebola Sánchez   

1.- Nuestra gratitud….

Con la mayor  ilusión y vivencia flamenca, adquiridas en este noble oficio de “Cantaores”, hemos  querido  rendir homenaje  póstumo a dos grandes poetas que se distinguieron por su amor y defensa del arte  flamenco: Federico García Lorca y Miguel  Hernández. Nadie vea, pues, en la edición de este disco compacto, otra  finalidad que nuestro humilde reconocimiento.  Nunca es tarde, aunque acaba de pasar el  centenario del  nacimiento del  poeta de Orihuela (Alicante), para cumplir con un compromiso que el  mundo  flamenco debe a  tan  ilustres poetas y dramaturgos.

          Nos ha parecido conveniente y didáctico presentar este ramillete de estilos flamencos  acompañados de una brevísima explicación  sobre la similitud entre “Poesía y Flamenco” que, conforme a nuestro criterio, es de capital  importancia para comprender  debidamente a cualquier vate que se haya acercado a él con humildad y reverencia. Porque el Flamenco es mucho más profundo y poético de lo que los mismos  aficionados pudieran creer, partiendo de que  el arte flamenco es, en sí mismo, una  forma de poesía, es decir, “creación”, significado etimológico de “poieseis”/poesía.

Por tal  motivo, no tengo  la más mínima duda en afirmar categóricamente que mientras  haya poesía, habrá flamenco. Ambas manifestaciones  artísticas  coinciden en  su temática: EL  HOMBRE. Nacimiento, vida,  muerte, sentido de la existencia, el más allá, la nada y otros  interrogantes que se hace el  hombre determinan  la esencia de la Poesía y del Cante.

             El  Flamenco (Cante, Baile y Toque) es algo más que una música  popular y  un  conjunto de tradiciones y costumbres. El valor  musical y filosófico del  mismo va más  allá de “lo folclórico”. El flamenco, históricamente considerado, ha sido  la  “expresión  vivencial” de una  comunidad  marginada: portadora -¡cómo no! -  de valores  literarios, psicoantropológicos  y musicales del Arte Flamenco.

Nuestro análisis es, por tanto, rigurosamente como “intérpretes”:qué  sentimos  cuando cantamos, por ejemplo, malagueñas,  soleares,  seguiriyas, cañas, tonás…, e intentamos expresar esas “vivencias” que calan en los oyentes hasta dejarlos fuera de sí. El  cante tiene, como principio y finalidad, manifestar el  mundo íntimo, personal y apasionado del intérprete. Por ello, pienso –criterio subjetivo – que jamás un cantaor será  un rapsoda de hazañas o aventuras  exteriores de un  pueblo, ni siquiera de una familia. El cante supone, pues, la exteriorización de un determinado estado de ánimo, y también un peculiar y  congénito  estilo de vida. Lo  que  el cantaor  busca  es  transmitir a  unos  concretos  testigos su historia personal, vivida – escribe  J. M.  Caballero  Bonald – en las  cavernas  de  su propio  instinto o reabsorbido a través de un  patético  y  familiar aprendizaje  humano.

               Mi larga experiencia  artística me ha hecho ver que el  cante es  una  “vivencia conceptual” del  hombre andaluz  manifestada  en  la  voz  del  cantaor. El  cante  se  convierte, así, en una “diversión”  en  su  acepción  etimológica: volverse  sobre  sí mismo  en  todos  los sentido. Es posible, por tanto, que el auténtico hombre andaluz sepa  divertirse hasta  en  su  propia  pena. Tal como lo dijera Manuel Machado (1874-1947): “CANTANDO  LA  PENA /  LA  PENA SE  OLVIDA”.

       El cante es, sin duda, un sistema complejo de muy diversos factores, cuyo  centro gravitatorio es el “hombre interior” con sus elementales sentimientos de amor, odio, esperanza, temor, alegría, desesperación. Copla  y  música, dijo Ricardo  Molina, cristalizan  perla única en  sus  profundidades. El cante cumple, entonces, una  función consoladora de psicológica  expansión. Y eso es lo que hemos visto, guardando  las  debidas  distancias, en estos dos grandes poetas del siglo XX: Federico  García  Lorca (1898 -1936) y  Miguel  Hernández (1910 -1942). Estos dos excelsos poetas han engrandecido los  modelos clásicos del mundo  flamenco, en donde se inspiraron, con símbolos e imágenes originales que los individualizan y les confieren un sello  propio e inconfundible.

          Y  si nos fijamos  bien, la poesía  es  siempre un acto de amor; lo mismo le sucede al  cante flamenco. Por otra parte, la poesía – como el cante – es una liberación, y nada nos  libera como amar: “ME  DUELE  TANTO  EL  QUERERTE /  QUE  SUEÑO  CON  “OLVIARTE”  / “PA QUE”  ME  LLEGUE  LA  MUERTE” nos dice una  copla de “Soleá”, muy parecida  al verso de Miguel  Hernández: “Cada  día  me  siento más  libre   y más  cautivo”.Se dice que ningún  amor nos ata tanto a la persona  amada  que el  amor libre: “EN  TUS  OJOS  ME  MIRÉ ; / EN  MIS  OJOS  TE   MIRASTE /  Y  EN  TUS  OJOS  ME  QUEDÉ (Tientos). La poesía y la música unen al  hombre con  el  universo y surten, además, de ocultos  sentimientos  humanos. He ahí su grandeza.

2.- El sentir  flamenco de  Lorca

                      Desde que el flamenco adquirió “rango cultural”, no hay más remedio que recurrir a Federico García Lorca.  Y no sólo flamenco, sino otras muchas canciones populares que él ya había recopilado. Ahora bien, para conocer la trayectoria de Lorca hacia el flamenco, es preciso saber que él fue, antes que nada, un ferviente estudioso del folclore. El mismo lo confiesa: “…Durante diez años he penetrado en el folclore, pero con sentido de poeta, no sólo de estudioso. Por eso me jacto de conocer mucho, de ser capaz de lo que otros no han sido capaces todavía: de poner en escena y hacer gustar este cancionero de la misma manera que lo han conseguido los rusos” (O. Completas. Aguilar, Tomo II, pág. 1041 (1967).

 

           A  Lorca, como poeta y  músico, le atraía todo el  cancionero español, pero fue el de su tierra el que  mayores influencias tuvo en su obra,  desde  el  villancico de Navidad  hasta  la  seguiriya. Esa fascinación por el  cante le viene de una extraordinaria vinculación con su propia  tierra durante su juventud. El arte de Lorca y  el “arte colectivo” del pueblo andaluz tienen la misma procedencia. El alma que allí  canta –dijo Dámaso  Alonso – no es el alma del poeta, es el alma de Andalucía, el alma de España. Y el propio Federico nos dirá: “… Amo a la tierra. Me  siento ligado a ella en todas  mis  acciones. Mis lejanos  recuerdos de niño tienen sabor de tierra. Este amor a la tierra me  hizo conocer la primera manifestación  artística”.

         Los biógrafos de Lorca coinciden en señalar el ambiente de  campo en el que se  crió el  poeta: ambiente de coplas, supersticiones, tradiciones, romerías,  historias   de  bandoleros, como refiere José Monleón. La  música debió ser, según mi criterio, el camino de  aproximación  al flamenco y  al  mundo gitano. El  flamenco – conforme  a testimonios orales – nace en él; por eso, jamás titubeó de su grandeza  histórica, social, literaria y  musical. Está suficientemente demostrado que Lorca sintió y comprendió la importancia del arte flamenco, tal como podemos apreciar en su magistral conferencia

“Importancia artística e histórica del primitivo cante andaluz, llamado Cante Jondo”

(Granada, 1922).

 

           Se conoce con todo detalle el ambiente familiar de Lorca, y que su padre era   un  hombre que gozaba reuniendo en su casa a cantaores y guitarristas. Es lógico, pues,  pensar que en  aquellas  reuniones se hablara  y se cantara flamenco. En esas reuniones  oiría   Federico las  cosas que más  tarde desarrollaría en el Centro Artístico de Granada (19/02/1922), aunque luego se dijera que la clave de su discurso estaba en la directriz  flamenca de don Manuel de Falla (1876-1946).

 

          Debemos reseñar  que  el mundo flamenco no fue  casual en Lorca, ya  que – escribe José Luís Cano – Federico sin salir de casa podía escuchar todos  los  cantos del folclore andaluz: Soleares, Peteneras, Granaínas, Cañas, Seguiriyas… Aquellas veladas musicales, por muy modestas que fueran, debieron de ser una  fiesta grande que embriagaba sus sentidos, y sobre todo el sentido del oído, tan vivo en él desde la infancia. En aquellas veladas familiares, en las que se tocaban y  cantaban aires populares, y en su pasión precoz por el teatro, hay que buscar la raíz de su arte de poeta y dramaturgo, de maravilloso moderno”, cfr. “García Lorca. Biografía ilustrada” (1962).

 

       Lo cierto es que Lorca no puede concebirse sin la presencia lírica, histórica y musical del flamenco. Me parece que Lorca ha sido el poeta andaluz que más se ha  metido dentro de ese raro e incomprendido mundo; incluso – creo yo-  más  que Manuel Machado, Francisco  Villaespesa, Salvador Rueda…, ya que el poeta  granadino se adentró en el  campo metafísico de  “lo flamenco”. Aún me atrevo a decir que si Lorca no hubiera sido “tan  flamenco y tan andaluz”, le habría sido imposible plasmar el mundo poético, literario y mítico-religioso del arte flamenco a la corta edad de sólo 23 años, que se refleja en su “Poema del Cante Jondo” (1921). El genial vate de Fuente Vaqueros comienza en el poema donde otros poetas no han podido  llegar, como magistralmente afirmó Allen  Josephs en “Lorca y  el Flamenco” (Madrid, 1972).

Más de diez años he  dedicado a mi  obra “El flamenco en la obra poética de Federico García Lorca” (Disco-libro. Granada, 2009).

 

 

 

 

 

 

3.- Miguel Hernández y el  Flamenco

                  Es lógico reconocer que la relación de Miguel Hernández con el  flamenco no es de la misma  dimensión  y amplitud de la de otros escritores, poetas y músicos de su época: Villaespesa, Lorca,  Falla, Rafael Alberti… Sin embargo, un análisis detenido de su obra y de su vida nos llevan a admitir que Miguel Hernández puede ser objeto de una  reflexión seria sobre lo que significó el flamenco en su creación literaria: “llegó con tres heridas: /la del amor, / la de la  muerte, / la de la vida.// Con tres heridas viene:/la de la vida, / la del amor, / la de la muerte. // Con  tres heridas yo: / la de la muerte,/ la de la vida, / la del amor” (Del Cancionero y romancero de ausencias”).

 

              Sin la menor vanagloria, pero con la mayor certeza, puedo manifestar que con mi  disco (Lp) “Cantes a los poemas de Federico García Lorca” (Madrid, 1970) y con el del tristemente desparecido Enrique  Morente  (1942-2010) “Homenaje flamenco a Miguel Hernández” (1971), inauguramos  una  tendencia consistente en adaptar textos de la llamada “poesía culta” a los  ritmos  y estilos  del flamenco. Una tendencia poco  frecuente en aquel  momento, que en el ámbito de este “arte popular” fue realmente  impactante. Tendencia rápidamente en ascenso gracias a cantautores y   cantaores (Paco Ibáñez, Serrat, Jarcha, María del  Mar Bonet, Francisco,Manuel  Gerena, Camarón de la Isla, Carmen Linares, José  Mercé, Curro Piñana, Paco Moyano, etc.); sin embargo en el  campo flamenco resultaba sumamente inédito.    

 

     Veamos, al menos una primera similitud entre flamenco y Miguel Hernández, ya que uno y otro fueron  maltratados y, durante  mucho  tiempo, sepultados en la cuneta del  olvido. En la mente de cualquier “aficionado” está vivo el recuerdo de que el flamenco, desde su primera  manifestación en el siglo XIX y hasta  bien entrado el  XX, sufrió terribles acosos, desprecios, olvidos y derribos por parte  de la prensa, escritores, poetas y de la intelectualidad en general, tal como  expresé en mi  ensayo “Flamenquismo y antiflamenquismo en  la Generación del 98” (Universidad de Málaga, 2008).

     No se olvide que el flamenco  representó  para  las elites culturales y de poder una especie de contracultura, el flamenco era – por qué no decirlo- OTRA MUSICA, OTRA  ESTETICA, OTRA POESIA. También  hubo excepciones: Demófilo, Salvador  Rueda, Martínez  Torner, Rubén  Darío, Lorca,  Villaespesa, Moreno Villa, José  Sánchez Rodríguez, Narciso  Díaz de Escovar, Arturo  Reyes…

     Esta misma  animadversión ya la encontramos en el periódico “La Crónica”, de Orihuela, y en el “Diario de Murcia”, allá por el año 1886, donde puede leerse: “Hemos oído decir que uno de los cantaores que hacían las delicias de los  aficionados en esta  última temporada en el Café  Europeo, cansado de los efímeros goces del  mundo, ha ingresado en uno de los  conventos de la ciudad”. Son muchas las referencias literarias sobre el desprecio  hacia el  flamenco, imposible reseñarlas aquí.

 

         Podríamos establecer el “doble paralelismo” entre Miguel  Hernández (olvido-desprecio) y el flamenco (olvido-desprecio), dado el desprecio de sus “letras flamencas” al no ser incluidas en  el  corpus de su obra y poesía completa, cuando es totalmente   cierto que Miguel Hernández escribió “letras/coplas flamencas”, casi inéditas. Un análisis objetivo nos revelaría los desprecios-olvidos hacia el poeta oriholano en cuanto a las coplas flamencas que él compuso. Concepto mantenido – no con la misma virulencia del siglo XIX – en la actualidad. He aquí, pues, el sentido de nuestra reivindicación discografía en la persona del lírico poeta Miguel Hernández.

        Está suficientemente demostrada  la gran afición, desde su juventud, de Miguel Hernández por el trovo, manifestación poética de enorme popularidad en el Sureste español. Francisco Martínez Marín nos da  testimonio  escrito de la pasión  Miguel Hernández por el  trovo en su “Miguel Hernández y el Flamenco: las coplas”. Y allí puede  leerse:

“… En el Bar España (Orihuela) tenían los taurófilos y los cantaores del  género  grande y  chico sus reuniones, cerca del salón del Cine Novedades, inaugurado en torno a 1917. En ese café-bar solía  cantar Antonio García Espadero, “Niño de Fernán  Núñez, y el  Mamaíllo. Como allí Miguel y sus  amigos jugaban  la partida, un día de 1927, ante don Francisco Martínez Arenas, gran aficionado y gerente del Novedades, se quedó el cantaor  falto de letrillas y D. Paco (…), sabiendo a Miguel capaz de improvisar, le hizo  escribir unas coplas en una  servilleta de papel que trasladaron al  mármol de la  mesa del “Niño.

Gracias al hijo de don Francisco Arenas, Paco, que las guardó, hoy sabemos que el Niño de Fernán  Núñez pudo seguir deleitando al  público, gracias a Miguel. Estas “letras flamencas” que compuso el poeta fueron publicadas en 1959 por  Luís Muñoz González en “La poesía de Miguel  Hernández”. Universidad de Concepción (Chile). Reseñemos, al menos, algunas:

QUE EN LA TABERNA  MURIÓ / NADIE  DIGA  A SU  VECINO / QUE EN  LA     TABERNA  MURIO, / UN  QUERER  QUE ENTERRÓ YO / DENTRO DE UN VASO DE  VINO.

LAS OLAS DEL  MAR  SALINO, / LAS PENAS DE  MIS  PESARES, / UNA  SE  FUE  Y  OTRA  VINO.

COMO  LUCEROS Y ARENA, / TE DOY  UN  BESO  SI  DICES / EL NUMERO DE  MIS  PENAS.-

 

      Ahora bien, ¿cómo llega el flamenco a Miguel Hernández? Es lógico pensar  que el  poeta se aficionaría de manera natural, bien de forma directa, bien a través de la tradición de los  cantaores  que pasaban por Orihuela, y  pueblos  cercanos de Murcia…, especialmente los mineros (La Unión, Cartagena, Totana….). También  cabe  pensar que   Miguel  conocería los escritos de Lorca  relacionados con el flamenco, dada la amistad entre  ambos: “Poema del Cante Jondo” (1921), “El Cante Jondo. Primitivo canto andaluz” (1922), “Romancero  gitano” (1927, “Teoría y juego del  duende” (1930), “Arquitectura  del Cante Jondo” (1921), etc.

      Desde mi punto de vista, me imagino que  sería la “tradición oral” la que mayor influencia ejerció en el poeta. Asimismo, sabemos que hacia el año 1926 Miguel  logró alcanzar  amistad  con el poeta  Carlos  Fenoll, el más  flamenco de la “Tertulia de la Tahona”. Ambos profesaban una profunda y arraigada afición  a los toros,  arte íntimamente relacionado con el flamenco. Y no menos sería la influencia de los cafés cantantes establecidos por Murcia, Alicante, Elche, Orihuela, por donde llegaron a pasar las  figuras del  flamenco de aquella época: Juan Breva, La Cuenca, Rojo el Alpargatero, La Chata, y otros tantos, cuya lista sería  interminable.

   Por otra parte, se conoce bien que en 1886 un periódico de Orihuela (“El Oriholano”) recoge  muchos  cantares  flamencos  que, sin duda, repercutieron  fuertemente en  Miguel Hernández: “Subí a la sala del crimen / y le pregunté al Presidente / si querer es  un  delito / que me sentencien  a  muerte”, leemos allí.

        Miguel Hernández se autodefinió como “Voz de las venas de la tierra, de todo  lo puro que hay en ella…”, “voz de las  raíces, la voz  bronca / y  dura de sierra levantina”. Esto hizo que los  poemas de  Hernández no entraran en el repertorio de los cantaores; hoy, afortunadamente, han cambiado los viejos prejuicios, lo que ha hecho que los cantaores vean el flamenco como un sistema complejo de vivencias que expresa el mundo íntimo, personal y apasionado del ser humano. Por tanto, todo puede ser “cantable”, por cuya razón y sentido  los cantaores de hoy intentamos, con más o menos suerte, interpretar los sentimientos más profundos de  aquellos poetas que han sabido captar los “puntos cardinales” del llamado Cante Jondo: el amor, la soledad, la pena, la muerte…Dios.

        Creo que el inmortal poeta de Orihuela (Alicante), MIGUEL  HERNANDEZ GINER (1910 -1942)  supo captarlo y expresarlo con la mayor belleza posible. Nada, pues, tiene de extraño que el  Centenario de su muerte haya sido un revulsivo  en el  complejo y enigmático mundo flamenco, patrimonio – lo digo a voz en grito – no exclusivo de Andalucía, pero sí “Patrimonio Inmaterial de la Humanidad”, tal como lo ha proclamado la  UNESCO (16/XI/ 2010).- Por tal razón, Julio Fajardo y yo nos hemos decidido  a interpretar en  flamenco los sentimientos más líricos y poéticos de Federico  García  Lorca y Miguel Hernández.

      Alfredo Arrebola, Profesor- Cantaor.-  Villanueva Mesía-Granada, septiembre/2011

 

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