Contenidos
Caleseras E-Mail
Calificación del usuario: / 2
MaloBueno 
escrito por Alfredo Arrebola   

Calesa del siglo XIX

“Arre mulilla torda

Cascabelera.

A la hija del alcalde

Quien la cogiera.

 

La historia del cante flamenco nos ofrece un amplísimo número de estilos; pero, desgraciadamente, muchos de ellos se han perdido. Las causas pueden ser, a la verdad, variadas pero el hecho es totalmente cierto. De aquí que, en la actualidad, no tenemos más remedio que servirnos de la llamada “tradición oral” que, no sólo en el flamenco sino en cualquier ciencia, tiene una extraordinaria vigencia.

Es posible que en el flamenco tenga aún mayor validez, pues en el pensamiento de cualquier aficionado está que la historia flamenca es más bien corta, y con muy pocas verdades demostrables y apodícticas. Tal vez radique ahí su inmensa y poco reconocida grandeza. Asimismo, se sabe que las referencias literarias de los escritores costumbristas del siglo XIX tampoco son muy extensas. Tal es el caso del denominado “Cante de las Caleseras”.

 

La “tradición” recoge que las Caleseras eran cantes eminentemente andaluces creados por los caleseros para distraer las largas caminatas entre distintos pueblos. La calesa, término procedente del francés “caléche”, era el único medio de transporte que existía en el siglo XIX para desplazarse de un lugar a otro. Se trata, pues, de un cante esencialmente “funcional”, que en los actuales tratados de flamenco ni siquiera se le nombra. Las primeras referencias de este cante nos las suministra el escritor costumbrista Serafín Estébanez Calderón (1799- 1867) en su inmortal obra “Escenas andaluzas” (1847), y lo describe como cantes bailables. Por su parte, Hipólito Rossy (1897-1975) en su tratado “Teoría del cante jondo” (Barcelona, 1966) consideraba a las Caleseras como una mezcla de Serrana y Liviana, pero sin fundamento alguno. Se trata, sin la menor duda, de una forma folklórica o preflamenca que no llegó a tener categoría musical para seguir en la larga lista de los estilos flamencos. El cantaor “El Canario de Madrid” (1897-1981), en unas declaraciones, comentó: “Cuando me hablan del Mochuelo (1868 -1937) siempre recuerdo unas caleseras que hacía graciosamente con un airecillo algo así como de seguidillas: “ ARRE MULILLA TORDA/ CASCABELERA. / A LA HIJA DEL ALCALDE / QUIEN LA COGIERA”, cfr. Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Flamenco, T. I, pág. 133. La verdad es que solamente conservamos su nombre, ya que ni siquiera por tradición sabemos de sus melodías que, posiblemente, su compás estribaría en seguir el ritmo del trote de las caballerías tirando de las calesas, como algunos tratadistas han querido verlas. Pero, según mi criterio, debieron existir realmente dado que en Andalucía hubo siempre muchísimos cantes funcionales: trilleras, temporeras, nanas, cantes de siega, etc.... Literariamente vista, la calesera estaba formada por una copla, por lo general, de cuatro versos, el primero y el tercero heptasílabos y el segundo y el cuarto pentasílabos, es decir, una seguidilla con rima asonante.

 

Dado que tengo la gran suerte de poseer en mi biblioteca el texto original de “Cante Grande y Cante Chico” del poeta malagueño José Carlos de Luna (1890-1964), que fue compuesto en Jimena de la Frontera (Cádiz) y Málaga, agosto de 1925, es por lo que, con el mayor agrado y complacencia, ofrezco a los lectores de GRANADA COSTA, el capítulo X. CALESERAS, página 75 , donde leemos: “ Por los atajos, bajó la Serrana al camino real, que pone un volante en la falda de la serranía, y, miedosa, se coló en la venta. Allí, agazapada junto a la chimenea de la cocina anchurosa, trabó conversación con arrieros y mayorales; bebió unos sorbos de vino morileño, y a su calor comenzó a turbársele la firme cabeza hecha a las alturas; le brillaron alegres sus tristes ojazos, y, provocativa, irguióse en la silla de anea.

 

Las colleras de cascabeles; la zumba del borrico liviano, escoltada por las alegres piquetas arrieras; el crujir de la tralla; el destemplado reir de la gente andariega y despreocupada; el bordón del guitarrillo del ciego que acompaña, saltarín, el romance miedoso; el alegre cantar del gallo en las bardas de la corraliza; quizás, hasta la voz iracunda y chillona de la reñidora ventera; alegran el corazón de la Serrana, que avivando sus tercios los acorta, duérmese sólo al rematar el último y engendra ese cante gracioso que tiene por compaña música de cascabeles, a la que se engarzan nombres bonitos de caballos; desgarrados sonidos de la cuerna que sopla el delantero, secos trallazos del mayoral, redoble de herraduras y rodar furioso de ese armatoste que se llama diligencia y en el que “hacen son” los cristales que no ajustan, el equipaje que se zarandea en la baca, el eje que huelga en las cañoneras, las chirriantes zapatas del torno...

 

Ese cante tan andaluz, tan fragoroso y tan castizo, se llama “Caleseras”. “A este yegua castaña,/ la Doradiya, / tengo yo que mercarle / más campaniyas”. Y la yegua parece entenderlo; se engalla y compone el trote. “ Cabayo delantero. /¡Quién lo dijera, / que el rey de los cabayos / nasió en Utrera!. Y el caballo utrereño lanza un relincho y marca una cabriola que levanta dos cuartas del sillín al “chavea” que lo monta. “Yo no paro en la cuesta, / señá Tomasa; / aguante usté un poquito, / que ná le pasa”. Y la seña Tomasa se ríe a la par de los compañeros de coche, y si lo toma en serio, peor para ella. “Quisiera ser la plata / de tus sarsiyos, / para darte sien besos / en los carriyos”.

 

Y desde su asiento en la baca, la niña bonita agradece con una mirada de reojo la fineza del mayoral y se le pone la cara como las guindas. “Una mosita rubia / va en la berlina / como en un relicario / la perla fina “.......

 

Y así, entre piropos, chirigotas y palabras cariñosas o trallazos al ganado, rodaban las Caleseras por los caminos andaluces, en las noches claras de estrellas y grillos y en los polvorientos días de sol y chicharras”.