Contenidos
PORTADA arrow FLAMENCO arrow Palos Flamencos arrow Colombianas 1 Parte
Colombianas 1 Parte Imprimir
Calificación del usuario: / 13
MaloBueno 
escrito por Alfredo Arrebola   
lunes, 25 de febrero de 2008

Quisiera, cariño mío,

Que tú nunca me olviaras,

Que tus labios con los míos

En un beso se juntaran

Y no hubiera en el mundo

Nadie que nos separara.

La china que yo tenía

Cuándo la volveré a ver,

Era una manzanillera

Que no me dejó de querer.

Yo la ví, ella me vió,

Estaba comiendo mango

Sentada en el malecón.

Tal como sucedió con el llamado “Cante levantino-minero”, así parece que habría que enfrentarse con el denominado “Cantes de ida y vuelta”, o “Cantes hispanoamericanos y, a veces, “Andaluz-americanos”. El argentino Jorge Ordóñez enumera los siguientes: Guajiras, Colombianas, Punto de la Habana, Milongas, Habaneras, Danzón, Vidalita, Rumba flamenca y Tangos cubanos. Todos estos estilos estaban, digamos, un poco trasnochados, casi olvidados y despreciados. Es cierto, e históricamente demostrado, que España provee a Hispanoamérica de sus canciones, de sus instrumentos de música, de su folklore: todo un bagaje secular que regresará totalmente cambiado, transformado por las muchas y singulares aportaciones que allí recibe. Y así, Rumba o Milonga, Guajira o Vidalita son lo que eran, pero ya son otros, ya han entrado a formar parte del acervo flamenco gitano-andaluz. Se ha producido, pues, un singular trasiego folklórico, es decir, una “ida y vuelta” sobre el Atlántico. Pero se sabe también que ha sido costumbre tradicional de los cantaores gaditanos el “meter” giros de guajiras en cantes festeros, costumbre que empezó el mítico Curro Dulce y lo han seguido practicando, entre otros, Pericón de Cádiz, Chano Lobato, por el simple motivo de que Cádiz fue la puerta, el puerto por donde regresaron de América las esencias musicales que hasta allende los mares llegaron en tiempos remotos.

Por eso Fernando Quiñones no dudó, tal vez, en considerar a “su” Cádiz rector de todo este fenómeno, tocado a su vez todo él, y para siempre, por la inconfundible garra vital de lo sudamericano, por su variado sello. Toda Andalucía sufre inexorablemente la influencia indiana. Pero es en Cádiz donde las nuevas melodías se asientan y se andaluzan. Y, por su parte, Andalucía dona a América su variada y rica música popular: Cachucha, Gaditanas, Tango gaditano, etc.

 

Cádiz es la ciudad, escribe J. de Atienza, por la que se comunica la metrópoli con las lejanas Indias”. Unos barcos van para las Antillas, a Cuba principalmente. Otros barcos ponían rumbo al virreinato del Río de la Plata. Pues bien, en todos estos barcos – está demostrado históricamente, iba, con su gente, el Tango gaditano. Y a la recíproca, muchos embarcados gaditanos de los que “hacen América” son los importadores a España de las canciones de la otra orilla. Del Caribe, de Centroamérica, del Río de la Plata, aun de las remotas Filipinas, afluye a las ciudades andaluzas todo un caudal de sugestiva y aprovechable materia musical.

 

Luego, se deduce lógicamente que estos “Cantes de ida y vuelta” no son algo circunstancial, algo puesto de moda por tal o cual acontecimiento histórico-político, sino que ya en nuestro teatro del Siglo de Oro – Lópe de Vega, Tirso de Molina, etc – los bailes y canciones de estilo americano ocupaban un lugar preferente. Y- cómo no – la visión que Serafín Estébanez Calderón tuvo del trasiego de estos ritmos con el cante andaluz al decir: “En vano es que de las Indias lleguen a Cádiz nuevos cantares y bailes de distinta aunque siempre de sabrosa y lasciva prosapia; jamás se aclimatan si antes, pasando por Sevilla, no dejan en vil sedimento lo demasiado torpe”. Esto lo escribía el escritor malagueño en el año 1847, y está recogido en su famosa obra “Escenas andaluzas”, Madrid, 1847. Estas palabras del “Primer flamencólogo” de la historia nos quieren decir que cuando los artífices/creadores del cante los interpretaban cobraban entidad específica andaluza y, sobre todo, flamenca. Y en esta misma línea está el pensamiento de don José Blas Vega, quien afirma: “Después de esta cabal advertencia, hay que reseñar que los primeros indicios de popularidad de estos ritmos y canciones nos lo ofrecen bien patentes los pliegos de cordel que cantaban y vendían los ciegos por las calles a mediados del siglo pasado (XIX) en este caso concreto. Entre estos pliegos, y a manera de muestra, recordemos los titulados “Colección de canciones andaluzas para cantar al gusto del día”, que contiene “La Pepilla”, “La gitanilla” y “El tango americano, Canción andaluza de Diego Corrientes y habanera...”. Estos pliegos de cordel son la prueba documentada de que, junto a las tonadillas puramente andaluzas, empezaban a tomar prestancia los cantables de allende el mar”, cfr. “Magna Antología del Cante Flamenco”, pág. 77.Hispavox, Madrid, 1982. Los mismos escritores extranjeros venidos a España ya dieron cuenta de esta realidad. Y así Charles Davillier, en su viaje por España en 1862, al describir una fiesta, nos dice: “No tardó en llegar la vez a las danzas, y una joven gitana de cobriza tez, cabellos crespos y ojos de azabache, como dicen los españoles, bailó el “ tango” americano con extraordinaria gracia”, cfr. “Viaje por España”.Madrid, Castilla, 1948.

 

No puedo pasar por alto el testimonio de Domingo Manfredi Cano quien, en 1963, publicó el siguiente texto: “Los españoles del Descubrimiento y de la Conquista, y mucho más los de la Colonización, llevaron al nuevo continente, bastante antes de que se llamara América y bastante después de llamarse así, nuestros propios cantares y danzas; los recién llegados, los nativos y los mestizos posteriores recibieron estos cantos y danzas y los adaptaron a su temperamento, según el clima, la presión del aire y el perfume de la selva cercana. Al cabo de los años, el camino se hace a la inversa, y aquellos cantes y bailes primitivos, nuestros, españoles, andaluces en su mayoría, vuelven al Viejo Continente, a la Península Ibérica, al sur de España, a Andalucía en una palabra, hechos guajiras y milongas y tangos; y aquí los recibimos como cosa nueva, y nos sorprendemos de la facilidad con que los asimilamos, de la alegría con que los cantamos o bailamos, y de la importancia que en poco tiempo toman en nuestro mundo de gitanería y andalucismo...”,cfr. “Geografía del Cante Jondo”.Madrid, El Grifón, 1955.

Ir a Colombianas 2 Parte