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El fandango malagueño 1 Parte Imprimir
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MaloBueno 
escrito por Alfredo Arrebola   
martes, 27 de mayo de 2008
Málaga La Bella, Málaga la cantaora

Salí de Málaga un día

Y atravesando los Montes

Escuché una voz que decía:

¿Chiquilla no me conoces?

¡Tanto como me querías!

Málaga es una tierra que lleva por título señorial el de “MALAGA CANTAORA”, como la llamó Manuel Machado y lo corroboró José Carlos de Luna en su Pregón “El folklore malagueño”, pronunciado en el Teatro Cervantes de la “capital de la Costa del Sol”, en el año 1952. Y así lo viene proclamando la historia flamenca. El profesor y dramaturgo Miguel Romero Esteo, después de señalar distintas hipótesis sobre el origen arcaico de los hitos y ritos de los verdiales, de su música y danza, concluye diciendo que “... de la prerromana Hispania Ibérica vienen por una parte todas las componentes de los ritmos de cante y baile de los verdiales”, (cfr. “Historia y musicología de los verdiales” Málaga). Al final señala que la aparición pública de los verdiales será en el siglo XVIII, prácticamente al mismo tiempo que el flamenco o un poco antes, ya que no está definido con exactitud. Me inclino por la anterioridad de éstos respecto al flamenco. Es la teoría más generalizada.

Ahora bien, localizado el “primitivo fandango malagueño” – para mí, de capital importancia – cabría preguntarse:

a) ¿Evolucionó éste hacia los verdiales?,

b) ¿Forman los verdiales un mundo aparte?,

y c) ¿Se identifica “fandango malagueño” y verdial?

Honestamente me inclino a defender que la fórmula fandangueril más antigua es, sin duda, el verdial y, por tanto, cabe la identificación. Salvando siempre, cómo no, el desarrollo histórico y musical de ese “primitivo fandango malagueño”, cuya importancia radica no sólo en haber originado otros cantes dentro del área malagueña, sino por haberse proyectado hacia otras comarcas andaluzas. Córdoba, Granada, Almería, Huelva ......, incluso más allá de Andalucía y de España. Y aún más: se puede decir que, desde su aparición pública, ha ido más lejos de lo puramente folklórico cuando ha sido interpretado por cantaores profesionales. Posiblemente esté aquí el fundamento de ser raíz, musicalmente hablando, de otros estilos, ya que hemos intentado demostrar que el fandango sí es cante básico en el flamenco. Pues, ¿cómo podría comprenderse el llamado “Cante de Levante” – derivado en lo musical del árbol malacitano – sin la presencia de su “primitivo fandango”?.

 

Esta forma cantable, afirma Manuel Cano en “La guitarra. Historia, Estudios y Aportaciones al Arte Flamenco”, pág. 99 (Granada, 1991), de carácter eminentemente popular, expuesta en este caso por cantaoras/cantaores no profesionales, sino simplemente extraídos del pueblo sin otro aprendizaje que el costumbrismo y la tradición, queda de esta manera patentizada de forma tradicional, pero nunca fue aceptada por aquellos individuos que, dotados de mejor vehículo tonal en su voz y una mayor intuición cantaora, no se incluyeron en estas formas populares y sí lo hicieron aparte y de manera individualizada”. Nace, pues, el fandango con la firme base de una tradición popular escuchada por el individuo desde su infancia, una forma expresiva y a la vez creativa de cante independiente y a su vez admitido, admirado e imitado por el pueblo que, en la mayoría de los casos, no puede desarrollarlo y que pasa desde este momento a ser el más ferviente admirador de la persona que, como tal “ídolo”, ha creado un estilo que por siempre ha de perdurar y, de este modo, pasar a la posteridad. Esto es bien claro y, además, históricamente apodíctico. Por ello, pues, hay que admitir que el flamenco es una “música recreada” en el sentido semántico y filosófico de este término, y que una buena parte de él está inspirada en esta “primitiva y arcaica forma musical”, desarrollada en “compás ternario” (3 x 4), al que denominamos “Fandango malagueño”. He ahí, por tanto, su importancia en el campo flamenco. Y tal es así que bastantes fandangos de la tierra más pródiga, como es Huelva, están en el ritmo del primitivo fandango de Málaga. Incluso el propio Romero Este – cfr. op. cit. pág. 72 – nos dice que hubo una deportación de moriscos malagueños a tierras de Huelva. Con lo que a estas tierras llegó de tierras malagueñas el arcaico y musical modo dorio que con toda tranquilidad asoma luego en cantos campesinos onubenses – los fandanguillos de Huelva – en una zona de intenso repoblamiento con cristianos norteños – en general, toda la Andalucía bética, incluida Huelva como extensión terminal, y lo mismo en tierras de Granada y Almería, que fueron muy despobladas de moriscos y repobladas con cristianas gentes norteñas peninsulares, en el sentido amplio de lo peninsular norteño. O sea, el muy arcaico modo musical dorio pervive a través de los moriscos malagueños, y de ellos llega a los cantes campesinos serranos malagueños del siglo XVIII – de los que el modo dorio pasará al flamenco – con toda naturalidad.

 

A lo largo del siglo XVI los moriscos andaluces son en toda España “musicalmente” famosos por las “zambras moriscas”: algarabías nocturnas de canto y baile con conjunto de instrumentos musicales varios que, vía orquestina indígena, guardan relación con el primitivo fandango malagueño. Pero hay, además, otro argumento histórico como es saber que hasta que no aparece la guitarra de don Ramón Montoya (1879-1949), el fandango sólo se guiaba por el “aire del verdial”. Este argumento está constatado con las grabaciones de discos de 78r/m. Asimismo, el guitarrista Manuel Cómitre nos dice: “Todos los cantes flamencos se basan en los acordes de “Mi mayor” (en el argot flamenco, “por arriba”) y sus acordes relativos, y de “La mayor” (“por medio”) y sus acordes relativos, sirviéndose de la cejilla el guitarrista para comodidad de adaptación de la voz del cantaor, pero jugando siempre con los acordes de “Mi mayor” y “La mayor”. Ahora bien, Tarantas y Granaínas – gracias a don R. Montoya – están basados en los mismos acordes del primitivo fandango malagueño, sólo que elevándose dos trastes más para las Tarantas, sobre el acorde de “Mi mayor”, y dos trastes más sobre el “La mayor”, para las granaínas. Por tanto, afirmaba mi inolvidable guitarrista, todos los acordes flamencos hunden sus raíces en el de los verdiales/primitivo fandango malagueño”, cfr. “CANDIL” num. 85, pág. 1.296. Idea defendida hoy por José Manuel Gamboa en “Cante por Cante”. Discolibro didáctico de Flamenco”, pág.11. Madrid, 2002.-