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escrito por Alfredo Arrebola   
sábado, 23 de febrero de 2008

A la nana, nanita,

Nanita, ea,

Mi niño se ha dormido,

Bendito sea.

Si carpintero fuera,

Sierra de luna,

La flor de la madera

Para tu cuna.

A la nanita, nana,

Blanca azalea,

Duerme hasta la mañana,

Mi niño, ea.

( Antonio Murciano. “Raíces de los cantes flamencos”. Vol 1, A. Arrebola. Málaga, Dis-Cast. 1993).

 

Sin la menor duda, la música forma parte del instinto natural del hombre y, como afirma el compositor granadino Antonio Linares Espigares, ennoblece, dignifica, expresa y comunica la sensibilidad en todas sus facetas de tristeza, melancolía, jovialidad, alegría, al mismo tiempo que manifiesta lo interior y exterior de una persona (Ideal,16/03/04, pág.67). Y ese es precisamente el contenido de las Nanas.

Todos los músicos, musicólogos y, sobre todo, folkloristas se han ocupado del canto más antiguo, más primitivo y natural de cuantos hay registrados en el amplio repertorio musical de España: LA NANA. Desde siempre, y en todas partes del mundo, se han cantado nanas; ha sido un canto general en España ,y de manera especial en Andalucía por su proyección musical en otros estilos flamencos. La nana, aunque no es propiamente un cante flamenco, se suele incluir dentro de los cantes folklóricos aflamencados de origen andaluz. Es un cante dulce y evocador de la infancia, sin excesivos adornos ni melismas y, aunque a veces se acompaña de la guitarra, en su medio natural que es la madre meciendo al niño, no se acompaña; se cantan a media voz sin adornos, a la manera monótona y dulce para predisponer al sueño, como afirma Hipólito Rossy en “Teoría del cante jondo” (Barcelona, 1966).

 

Si revisamos los textos de Rodríguez Marín, Felipe Pedrell , etc., encontraremos gran acopio de nanas. Hay una nana muy conocida, con ribetes flamencos, que introdujo el maestro gaditano, compositor Jerónimo Jiménez, en su conocida zarzuela “La Tempranica”. Hipólito Rossy –cfr.op.cit. pág. 144 – nos habla de una nana que él escuchó en Orense; quedó sorprendido, al comprobar que esta nana no se cantaba en lengua gallega, sino en castellano, denunciando de este modo su procedencia de importación. El propio musicólogo afirma que esta nana era oriunda de Andalucía.

 

Rodrigo Caro –cfr. “Días geniales o lúdricos”, Diálogo VI), dice de las nanas que “son las reverendas madres de todos los cantares y los cantares de todas las madres.... cuyo uso es tan natural que no habiendo que cantar, o no sabiendo, ellos mismos se nos vienen a la boca, y se nos salen de ella sin cuidado ni artificios, y son tan bien contentadizas que se contentan con cualquier tono (tonada), y no extrañan ninguna voz por mala que sea; condición muy propia de las madres”.

 

La idea que Felipe Pedrell tenía de las nanas es interesante, por lo que me parece correcto ofrecerla aquí: “... Cuando la canción no tiene texto propio, las madres utilizan simples onomatopeyas, coplas, romances enteros de asuntos ordinariamente religioso, y como a la acción de este género de cantos preside la idea del “descanso”, cuando el movimiento de lo que se canta es animado lo modifican dándole lentitud, y aún para producir no sólo el “descanso” sino la somnolencia precursora del sueño, destruyen el ritmo del compás, alternándolo con espacios de silencio, más o menos largos, si el “sueño” reparador del infante ha llegado”, cfr. “Cancionero Musical Popular Español”, Tomo I, pág. 57.

 

Ahora bien, como quiera que las nanas no se han cantado nunca en fiestas – cosa natural – no han tenido acompañamiento de guitarra, como he subrayado más arriba. Don Tomás Andrade de Silva, Catedrático del Real Conservatorio de Madrid, en su “Antología del cante flamenco”, Hispavox (Madrid, 1958), nos dice lo siguiente: “...La nana andaluza, de personalidad claramente definida, es posiblemente una de las más antiguas formas de estas “berceuses”populares, y quizá haya influenciado en cierto modo el desarrollo melódico de las de algunas otras provincias menos ricas en diversidad folklórica inspiradora”.

 

Mi experiencia cantaora me dice que la “nana andaluza” puede ser considerada, en esencia, como un cante flamenco pero no en presencia, ya que su conformación lineal, desprovista de adornos melismáticos, no guarda relación con las características de la mayoría de los estilos que se integran en aquel enunciado. Es maravillosamente bello el eco, “idealmente flamenco”, que late en la melodía de la nana; pero el flamenquismo es aquí sólo eso: UN ECO; es un soplo de vivificante expresividad que da aliento, acento poético y fisonomía a la insinuante y amorosa canción materna.Por consiguiente, la nana – no hay error en decirlo – se encuentra en un estado netamente “preflamenco”. Más aún: la nana es una de tantas “tonás” que aparecen en Andalucía, que ha prestado su “melos” a otros cantes. No tengo la menor duda. Por eso, Perico del Lunar hizo una extraordinaria excepción por el acompañamiento que puso al cante de la Nana en la voz de Bernardo el de los Lobitos, tal como puede oírse en la “Antología del cante flamenco”, Hispavox, 1958. Siguiendo al inolvidable maestro Bernardo, se han realizado nuevas versiones de nanas flamencas: María Vargas, partiendo de un solemne acorde de guitarra y en ritmo pausado con aires de toná; Enrique Morente calcó fielmente al cantaor de Alcalá de Guadaira (Bernardo el de los Lobitos) en su “Nana de la cebolla”, del poeta Miguel Hernández, y el autor de estas líneas dejó grabada la nana con los sones “por seguiriyas” y acompañado por la guitarra de Martín Perea (1993), como más tarde lo haría con textos del poeta Luís Rosales (“Luz caminante”-Nanas) y la sonanta de Vicente el Granaíno (Granada, 2000).