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Los verdiales 5 parte E-Mail
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escrito por Alfredo Arrebola   
ALFREDO ARREBOLA SANCHEZ

VERDIALES 5 PARTE

ANDALUCIA  EN   SUS  CANTES

Alfredo  Arrebola, Profesor –Cantaor (Villanueva  Mesía-Granada)

 

Del hueso de una aceituna

Tengo que “jasé” un  navío,

Para que vayan y vengan

Tus suspiros y los  míos.

De la uva sale  el  vino,

De la aceituna el  aceite

Y de mi corazón, niña,

Cariño para  quererte.-

   …. No nos duelen prendas en  repetir – y demostrarlo – que los Verdiales son la  joya del patrimonio cultural  malagueño; y  siguiendo nuestra  exposición, recogemos el pensamiento del escritor Miguel Romero Esteo, quien es escribe: “… Allí en la isla de Cerdeña fundó la ciudad de  Nora un hispano rey ibero-tartesio  llamado precisamente Norax, y así las tales arcaicas tradicionales legendarias que ya los especialistas dan como hecho histórico y no  tan legendario. De las remotísimas épocas mediterráneas más o menos vinculadas a la civilización ciclópeo-megalítica queda también en la isla de Cerdeña la “Fiesta pastoril” de Otana, en la que los mozos aldeanos se enmascaran de toros  y pieles de oveja con  racimos de cencerros. De tales épocas, ya  demasiado  remotas, provienen precisamente aquí en la península ibérica la fiesta de toros”, cfr. “Historia y musicología de los  Verdiales”, pág. 10 (Málaga, 1994).

Por ello, pues, el flamencólogo y periodista Gonzalo Rojo  Guerrero no duda en decirnos que “…este monumento  arcaico-musical vivió durante siglos entre los misterios argáricos ibéricos y tartesios, que se extendieron en herradura desde la desembocadura del río Vélez hasta lo que hoy es el límite occidental de la provincia de Málaga. Allí pervivieron a las sucesivas  invasiones y colonizaciones culturales, y puede darse por seguro que allí convivieron junto a otros muchos ritos campesinos ibéricos hasta la llegada del Imperio Romano, en el que algunos patricios incluso lo exportaron a determinadas metrópolis del Imperio”, cfr. “Historia del Flamenco”, pág. 415. Vol. I (Sevilla, 1995).

 

   Vale la  pena – y es casi obligado – recordar el adagio latino “errando, errando… tandem  deponitur error” – al acercarnos a esta enigmática  danza, cuando se ha encontrado que en el ámbito mediterráneo norteafricano, en las costas de Túnez, junto a la ciudad marítima de Sidi Daud, que vive de las almadrabas de atunes,   que por allí      quedan aún de los remotos tiempos  el canto ritual de las “nenias”, después de la gran matanza de los atunes que por aquellas  costas  tienen  que pasar, en su largo viaje, desde el océano Atlántico buscando las mediterráneas aguas cálidas de las tortuosas islas griegas. Es esto lo que prácticamente nos queda del remotísimo mediterráneo, en lo que a fiestas, músicas y  danzas se refiere. Incluidos – cómo no – los Verdiales.

    Tenemos, por otra parte, citas antiguas en las que la palabra “verdial” aparece escrita; y  es cierto, pero no en  el  sentido  y  significado  flamenco, sino por su acepción de “verde”, “verdinal”. El ilustre y renombrado filólogo don Julio  Casares (1877 – 1964) en su “Diccionario Ideológico de la Lengua Española”, lo define así: “Porción de terreno que por tener  humedad mantiene su lozanía en la época de agostamiento”. Y verdial, por otra parte, tiene también el  sentido de una variedad de aceitunas o higos. Así es como lo entendía la eminente y conocida novelista  Cecilia Böhl  de Fáber “Fernán  Caballero” (1796 -1877) en el siglo XIX: “Salga el sol y  alumbre….”(vide art. IV).

   Es cierto que la Filología no ha podido ir  a épocas remotísimas, pero al menos  nos ha  dado a entender que en lo tocante a fiestas y músicas antiguas del  campo, ora en el ámbito  europeo en general, ora en el  ámbito mediterráneo en particular, es un hecho más bien post-arcaico, y en absoluto  mira a tiempos  pasados; y no, por tanto, pre-fenicio, pre-romano y  pre-griego como es el caso de los verdiales.

No obstante, sí  podemos conocer que de los períodos arcanos, incluso pre-arcaicos, nos queda no sólo los pueblos blancos, las uvas, las pasas y los  verdiales, sino también  los  nombres milenarios de sentido un  tanto  misterioso, como puede ser Torrox, Nerja, Vélez, Antequera, Archidona, Teba, Coín, Ronda, Álora, Carratraca, Cártama, etc., etc., y, no menos, el mismo nombre de Málaga. En este  sentido es clara la opinión del Profesor y Dramaturgo Romero Esteocfr. Op. cit., pág. 12, el cual  afirma que “…Las uvas y las pasas nos vienen de tan lejos en el  tiempo, y que no nos llegaron con los  griegos hacia el siglo VIII antes de Cristo, ni un poco antes de los  fenicios, ni un poco  después con los romanos, resulta incuestionable tras quedar muy científicamente demostrada la  evidencia de que en el  año 2.500 a.C. aproximadamente, ya se cultivaba la viña en las  tierras hispanas mediterráneas”.

Estas teorías están  avaladas por las investigaciones arqueológico-antropológicas de especialistas de tanto  prestigio como, entre otros, Michael  J. Walter, Chapman, Puigmagre, etc., quienes han demostrado que unos mil años antes, y cuando todavía a lo largo del Mediterráneo no había nada parecido de lo que referimos, ya se encontraban aquí misteriosos andaluces muy preocupados. Lo cual nos hace pensar que lo mismo ocurriría con la vid, con los olivos y las aceitunas, o al menos se las ponían a puñados a  sus difuntos a modo de viático y alimento para el largo  viaje hacia la  otra vida, puesto que estaban convencidos – arqueológicamente demostrado – de la vida de ultratumba. Y se sabe, además, que eran aceitunas silvestres – como  acreditan  tales  especialistas -, es decir, aceitunas de acebuche, ya que no habían llegado aún los griegos con el  olivo cultivado. Lo que nos lleva a pensar que lo mismo ocurriría con la vida y que el  olivo ya estaba aquí unos mil quinientos años antes de la venida de los  griegos, conforme se lee en el historiador Herodoto de Halicarnaso (480-424 a.de J.C.).

 Ahora bien, con estos precedentes, creo sinceramente que el rastrear, el indagar y encontrar el origen de los verdiales desde su remotísimas épocas – tarea arriesgada y mal vista hasta hace poco, se ha convertido en la actualidad como algo fácil y un tanto sensato: se puede plantear el estudio de esta antiquísima danza como “un  hecho”  natural y  posible  a nuestro alcance. Todo esto ha sido  posible gracias a  las investigaciones de los  aferrados especialistas en filología, arqueología, antropología, paleografía, etc., que aseveran  y  confirman   que exponer y desarrollar  el origen, raíz y rito de los verdiales con sus músicas y  danzas es  materia  que ha llegado íntegramente y, además, vivo  en  todas sus  formas con la  misma posible vigencia como  aparecieron unos  cuantos  milenios  atrás. Lo que demuestra  que los verdiales no son  otra cosa que una “cultura natural e inmanente” al  ser humano y, sobre todo, al  natural de esta tierra  andaluza que posee una cultura autóctona y milenaria, tal como ya lo expresó Ortega y Gasset en su monográfico “Teoría de Andalucía” (Revista de Occidente, Madrid, 1927).

 

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