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Los verdiales 7 parte | Los verdiales 7 parte |
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| escrito por Alfredo Arrebola Sánchez | |
VERDIALES 7 PARTEANDALUCIA EN SUS CANTES Alfredo Arrebola, Profesor –Cantaor (Villanueva Mesía-Granada)
En el anterior artículo, llegábamos a la conclusión de que en el trasfondo de los verdiales encontramos un arcaico enfrentamiento antropológico entre una cultura atlántica y una cultura mediterránea, lo que daría un rico y variado acervo cultural de músicas y danzas que subsisten con las mismas características de tiempos pasados. En esta línea está el pensamiento del Profesor Romero Esteo, cuando pretende explicar el origen de los verdiales, para lo que ofrece el siguiente argumento: “… en los dorios no helenizados, el que toda la población de una aldea se reuniera en determinadas fechas para practicar el canto coral colectivo y comunitario en forma solemne parece implicar que los varios instrumentos musicales ya existentes en el ámbito arcaico del Mediterráneo entraría de hecho en tal celebración. Un poco al estilo de los muy arcaicos – y poco islamizados – bereberes de algunas aldeas montañosas en el alto Atlas marroquí hasta no hace mucho. Y de la nebulosa remota en la que se originan los verdiales esto no es por ahora más que un primer sondeo”, cfr. “Historia y Musicología de los Verdiales”, pág. 25 (Málaga, 1994). Estas consideraciones nos llevan ineludiblemente a aceptar que el hilo conductor de los remotísimos orígenes de los verdiales es bastante oscuro y oculto, pero no por ello dejan de tener “su historicidad”. Necesitan, por tanto, una buena dosis de trabajo investigador. Para comprenderlo hay que admitir las diferentes culturas que se han asentado en el sur de la Península Ibérica; pues de otra forma no se entienden, y admitiendo, de principio, que estas invasiones no acometían furiosamente al ámbito malagueño de sus serranías, dado que los invasores por lo general se asientan en las ricas y feraces tierras de las llanuras, y de la desembocadura de los ríos, en tanto que las aldeas de montaña – donde apenas encuentra el invasor algo útil - suelen quedarse al margen de las invasiones, y de las subsiguientes colonizaciones culturales. Hecho que ha tenido fácil reflejo en el caso malagueño con sus dos macizos: Montes de Málaga y el macizo que va desde Coín y Tolox hasta las sierras de Ubrique y Grazalema (Cádiz). Lo que nos hace ver que estos lugares también montañosos conservan sus “culturas residuales”. No me parece oportuno, ni didáctico, exponer el desarrollo de las invasiones comenzando de la más o menos nebulosa llegada de los fenicios a la costa malagueña hacia el año 1.100 antes de Cristo, y la presunta fundación de Málaga por ellos. Y en cuanto a la colonización romana, no sólo queremos señalar que fue lenta y gradual en todo el ámbito de la península ibérica, y bastante tardía en los macizos montañosos, por las razones que acabamos de manifestar. La historia nos enseña que a los romanos bien poco les importaba la idea de los dioses y costumbres de los indígenas ibéricos- tal como aparece en “De natura deorum”, de Marco Tulio Cicerón-, sino el cobrar los impuestos que exigían a aquellas gentes. Pero en cuanto a los “orígenes de los verdiales”, sí es útil señalar que algún escritor romano consignó detalladamente que había en las aldeas de la Bastetania – gran parte de la actual Andalucía oriental, incluyendo a Málaga – la costumbre de que las noches de luna llena las gentes, cogidas de las manos, formaban corro para cantarle solemnemente a la Luna. Acción claramente muy arcaica, matriarcal y mediterránea, que nos remite de una parte a los anómalos y solemnes cantos corales colectivos de los dorios – igualmente matriarcales y mediterráneos - y de otra parte al famoso templo que la gran diosa (NOCTILUKA) de la muy arcaica y agrícola religión matriarcal y mediterránea en la desembocadura del río Vélez. Se conoce perfectamente que estando la península ibérica en poder romano, la pervivencia de arcaicos “ritos de fiesta y religión” no tuvo problemas, incluido el arcaico y lejano rito de fiesta campesina que está presente en los verdiales; lo mismo sucede con otros viejos ritos que venían de muy lejos. Sin embargo, la propagación/introducción de una nueva religión – la cristiana – sí van a encontrar peligros los milenarios ritos de “fiesta y religión”. No obstante, por suerte, la cristianización de la Península Ibérica va a llegar de la mano de los más o menos algo latinizados y romanizados bereberes del Norte de África que formaban comunidades evangélicas – la llamada “iglesia norteafricana” – en un más o menos amable compromiso con la alegría de vivir – donde el canto era nota distintiva en las ceremonias religiosas, no se olvide que san Agustín era africano – y no se encontraban en la estrechez de vida conventual y monástica como era la situación de la iglesia romana o la religiosa oriental. En este sentido, la Iglesia católica con su trasfondo – culto matriarcal (María, Madre de Dios hecho Hombre en la persona de Jesucristo) impulsaba un más o menos “fondo/trasfondo” matriarcal con la “alegría de vivir”. No nos queda más remedio, a este respecto, que traer aquí el famoso “Servite Domino in laetitia”, que nos recuerda David, el rey profeta. Cabe, pues, una pregunta: ¿Cómo se llevaría a cabo esto? Pues desterrando todo aquello que respirara “anticristiano” que estaba, por cierto, muy presente en las religiones paganas (poligamia, infanticidio, esclavitud, prostitución religiosa oficial, ídolos e imágenes de los dioses y sus tiempos, etc.) y transformando, por otra parte, actitudes religiosas paganas arcaicas de tipo campesino – romerías, fiestas, lugares campestres de devoción y peregrinación (hay que recordar aquí las famosas “Theorías” griegas) – lo que hacía realmente era “cristianizarlos” poniendo en estos lugares una ermita cristiana o una fiesta cristiana, tal como lo hemos comprobado en el Tomo III de “La religiosidad popular”. Ediciones ATT, Antropos, Fundación Machado (1989). De esta forma, una gran parte de los muy arcaicos ritos hispanos de fiesta campesina resultaron luego bautizados y cristianizados, así es el resultado de las “Fiestas de las hogares” de hacia final del invierno, cuando ya se anunciaba el comienzo de la temprana primavera mediterránea, que dio luego la fiesta de “Virgen de la Candelaria”. En relación a los arcaicos ritos campesinos que como el “rito de la Fiesta de los Verdiales”, relacionados más bien con los ciclos del campo – sementera, recolección, vendimia, etc. – y en los que el componente religioso estaba en segundo término, la Iglesia romana no metió mano hasta mediados de la Edad Media. Ritos en los que estaban presentes los Verdiales. |
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