FLAMENCO
Palos Flamencos
Los verdiales 9 parte | Los verdiales 9 parte |
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| escrito por Alfredo Arrebola | |
VERDIALES 9 PARTEANDALUCIA EN SUS CANTES Alfredo Arrebola, Profesor –Cantaor (Villanueva Mesía-Granada)
Espero no agotar la paciencia de todos aquellos buenos “aficionaos” que, desde hace muchos años, vienen acogiendo cuanto yo he podido recoger acerca de los aspectos históricos, literarios y musicales de los variados estilos flamencos. En este caso, sobre el más original y antiguo fandango: Verdial. Antes de que la memoria me traicione, debo pedir perdón a mis lectores por un pequeño error cometido en el anterior artículo. Dije, hablando de la métrica del verdial, que…“por lo general, predomina la “rima consonante”; un “lapsus machinae” me llevó a esta equivocación, es decir, debe leerse “rima asonante o imperfecta”. A esto hay que añadir que esta forma métrica de los verdiales viene a ser exactamente la que emplearían más tarde las malagueñas, granadinas, tarantas, murcianas, rondeñas, jaberas, jabegotes, mineras, tarantos…, y – cómo no – los fandangos de Huelva. También puede decirse que los verdiales están en la estructura literaria de otros cantes tan importantes como la Caña, el Polo, Tientos, Soleares, etc. Si nos fijamos en la estructura musical del verdial, podremos observar que sus coplas en cuartetas necesitan – como ha quedado dicho – repetir alguno de sus versos, lo que no impide que se produzcan los mismos efectos, esto es, efectos iguales porque en los contenidos temáticos importa más el baile y la música en sí que el canto/cante propiamente dicho. Es la característica esencial y fundamental del verdial. Se sabe, o al menos debe manifestarse, que en los verdiales todo está supeditado a resaltar extremadamente la danza/baile: la fuerza telúrica que imprime al intérprete es lo destacado y sobresaliente. De aquí que en los verdiales podría hablarse, sin la menor duda, de “duende”, del que tan frecuente se acostumbra a hablar en los cantes, los bailes y toques flamencos. Y, por experiencia propia, puedo comentar y afirmar que el “duende” puede venir en cualquier momento y circunstancia. El arte, en general, está dotado de este indefinible término que, por cierto, no lo creó Federico García Lorca, como se viene afirmando por algunos ¿flamencólogos?. Lo hemos experimentado incluso en manifestaciones que, a primera vista, pudieran carecer de tal efecto: “…¡Panda de Verdiales por mitad de un campo, atravesando montes, lomas, cerros, valles…, y un “verdialero/fiestero”, en un momento repentino, hizo estremecer a todos los allí presentes con tan sólo el “resoplío” de una caracola!. ¡Apareció el duende!. ¡Qué cosa tan simple, y cuánto atractivo puede tener una rudimentaria y arcaica caracola!. Aquella caracola – instrumento que nos viene de lejanos y remotos tiempos – iba simplemente anunciando que ya se acercaba la PANDA con su música de fiesta y… Verdiales. Hoy, triste es decirlo, ha desaparecido la caracola. Creo, en mi juicio particular, que la Panda queda “coja”, flamencamente hablando. No me parece honesto hacer aquí memoria de actuaciones de Pandas de Verdiales que han logrado arrancar lágrimas, tal como recuerdo, en la lejanía de los tiempos (1959) en Álora (Málaga) la noche en la que se ofreció un merecido homenaje al veterano cantaor – ya lo era en aquellos años – Diego el Perote (1884- 1980). Dentro de los actos programados estaba prevista la participación – al final – de una Panda de Verdiales. Pienso que el papel no puede soportar los efectos producidos por la indefinible manera de cantar y bailar de los componentes de la Panda: falta fuerza en la pluma e inspiración en la mente. Nada más. La recuerdo como si la tuviera presente ahora mismo, ya que sobrepasó en mucho lo que yo podría esperar de aquellos sencillos y populares artistas. No lo dudo: en aquella inolvidable noche se fundieron el “arte” y el “duende”. Muchos años han pasado de aquella solemne y sublime fiesta…., pero no se ha ido de mi memoria tan bellísimo espectáculo de Arte, Música, Danza y Cante, que traspasó las fronteras de mi pobre imaginación. Son muchas las veces que hemos pensado que, tal vez, la fuerza atractiva, literaria y poética de los verdiales en relación con el mundo lírico radique en que éstos gozan de una maravillosa pluralidad de acompañamiento; sin embargo, esto, lo que también es cierto, resta “fuerza flamenca”, aunque, una vez más lo repetimos, no debe pensarse en flamenco, sino en “canto folklórico” que, a su vez, originará cantos propiamente flamencos, como ya veremos. Esta aclaración se vería con mayor facilidad, si fuera posible hacerla en el campo de la praxis. Creo que aquí estarían bien puestas las palabras del antiflamenquista Eugenio Noel (1885-1936): “Er cante no cabe en er papé”. Desde siempre he considerado que la “vivencia” de los verdiales está más allá de lo que es capaz de expresar la palabra oral o escrita. En el campo flamenco esto es una verdad apodíctica. Pues bien, esa pluralidad se hizo mayor cuando el verdialero echó mano del violín. Porque ya no son sólo las guitarras, platillos, chinchines, panderos, almireces, canutos de caña, sino que esa riqueza musical se engrandeció con los floreos de los violines. Cuando suenan todos estos instrumentos, apenas se percibe la voz del cantaor, quien está siempre preocupado por el tono, el ritmo y el compás. Por tal motivo, oír verdiales, en un momento dado, es un bellísimo espectáculo musical, con la característica y diferencia esencial en que se trata de una “música eminentemente popular”, “no ficta”, ni tampoco aprendida en los Conservatorios. Ante la contemplación y “recreación estética” de este fenómeno natural de la música verdialera, nada extraño resulta que novelistas, poetas, comentaristas, flamencólogos, musicólogos, escritores en general, hayan tributado sus mejores elogios a la interpretación ortodoxa de los cantos por verdiales. Esto se encuentra demostrado desde la perspectiva histórica y crítica folklórico-musical. Tal grandeza originan los verdiales que, como fondo temático, están presentes en muchos novelistas no sólo malagueños, sino también en los foráneos de esta tierra. Y así podemos veremos los nombres, entre otros, de Arturo Reyes, Salvador Rueda, Manuel Martínez Barrionuevo, Narciso Díaz de Escovar, Ramón Antonio Urbano Carrere, Serafín Estébanez Calderón, José Sánchez Rodríguez, Blas Infante Pérez, Salvador González Anaya, Adolfo Reyes, Francisco Bejarano Robles, Alfonso Canales, Manuel Alcántara, Antonio Salvador Urbaneja Fernández, Francisco Barrionuevo Moncayo, Miguel Romeo Esteo, Carlos Benítez y…. -¡cómo no! José Carlos de Luna, quien pronunció un precioso y riguroso discurso sobre el “El folklore malagueño” en el Teatro Cervantes (1954). “Canto” que él ya había comentado en su archiconocida obra “De Cante Grande y Cante Chico”, escrito en Jimena de la Frontera (Cádiz) en el año 1925 y publicado en Madrid en 1926. |
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