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Soleares 12 Parte Imprimir
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escrito por Alfredo Arrebola   
miércoles, 12 de marzo de 2008

SOLEARES DE CORDOBA.

Desde la Puerta El Rincón

Hasta la plaza del Potro

Se me paró el corazón

Porque te vi hablar con otro.

Toda persona que se acerque al flamenco y lo analice objetivamente, podrá observar cómo el “medio ambiente” se proyecta, de forma espontánea y natural, en los estilos de la zona objeto de estudio. Nadie ignora, por otra parte, que el flamenco, como expresión artística, refleja perfectamente el estado de ánimo de la persona que lo construye interpretándolo y – cómo no – las circunstancias del medio en que ésta se lleva a cabo. En este sentido, Luís Melgar y Ángel Brújula afirman que “…Córdoba, cargada de historia y cultura, filosófica y tradicional, serena y ecuánime, tenía que tener un cante que reuniese estas virtudes. Pero como el cante es una producción personal, los “cantaores” cordobeses, dadas sus peculiares características étnicas, siempre se han distinguido por su modestia y egocentrismo”, cfr. “Arte, Genio y Duende. Notas Flamencas”, pág. 149 (Córdoba, 1988). Por esa característica especial del cante cordobés, he creído conveniente tratar la “Soleá de Córdoba”, junto con la de Lebrija, como epílogo al estudio monográfico de las Soleares.

Por tanto, no hay inconveniente alguno en manifestar que la Soleá en Córdoba ofrece unas características específicas y distintivas, cosa que ha originado en algunos flamencólogos el “casi” desprecio a su valor real, motivado por su excesiva sencillez y tesitura musical altamente lisa. Creo que no es correcta esta concepción histórica y flamenca: hablo desde mi experiencia cantaora. En tanto que otros opinan que “más que “lisa y sencilla”, se trata de una soleá esquemática y natural”, ya que esos son los valores que más resaltan en el estilo cordobés. En este sentido, vale el pensamiento del flamencólogo Agustín Gómez, quien afirma: “…Córdoba alterna los tonos altos con los bajonazos a la manera tremendista de un natural muy templado y torero. Es más cordobés el bajonazo expresivo que la escalada. En todas sus series se complementan dos variantes de manera alterna”, cfr. “Historia del flamenco”, Tomo IV, pág. 391 (Sevilla, 1996).

 

Es común y notorio que en el cante por Soleá se intente lograr una perfecta conjunción de armonía y sentimiento, que en la de Córdoba se complementa precisamente por una exacta elección de la “copla”: filosófica y moralizante:

No preguntes por saber

Que el tiempo te lo dirá,

Que no hay cosa más bonita

Que saber sin preguntar”.

Trayectoria que representa la idiosincrasia del pueblo cordobés, donde tuvo su punto de arranque la filosofía española por obra y gracia del filósofo y escritor hispanolatino Lucio Anneo Séneca. Esta característica tan peculiar de la Soleá de Córdoba está relacionada – cómo no – a la vieja tradición de hacer el llamado “Cante hablao”, es decir, esa especie de confidencialidad que el cantaor cordobés procuraba imprimir a su cante, de manera especial en la Soleá. No se olvide que los cantaores cordobeses, en general, nunca buscaban el éxito ni el aplauso de los demás, sino una satisfacción íntima que gustaban compartir con sus amigos. El “Cante hablado” no significa en modo alguno una compleja enumeración de coplas .Nada más lejos de la realidad musical de la Soleá de Córdoba, a la que, por cierto, se ha puesto en entredicho si pierde “compás”. Pienso que no. En esta misma línea está el pensamiento de Luís y Ramón Soler, los cuales afirman: “Creemos que los cantes de Córdoba no están faltos de compás, más bien son las voces de los cantaores las que no han sabido darle a esos cantes lo que requerían, quizá con el objeto de desvincularlos de los moldes trianeros originales. Prueba de ello son las soleares de Córdoba grabadas por Fosforito (“A mi tierra, Córdoba”, RCA NL-35391, 1982) que rezuman hondura y compás por todos lados, cfr. “Antonio Mairena en el mundo de la Siguiriya y la Soleá”, pág. 278. Málaga, 1992. Las soleares de Córdoba tienen, pues, unas características propias y específicas tanto en el “toque” como en el cante, lo que exige conocerlas muy bien para saberlas valorar. La historia viene atribuyendo esta modalidad soleaera a Manuel Moreno Madrid (Córdoba, 1831-1907), apodado Juanero el Feo, partiendo de antiguas soleares de Triana –de manera especial las de Ramón el Ollero – y las de Mercedes la Serneta. Los cantaores más significativos en la “Soleá de Córdoba” son, sin la menor duda, el ya citado Juanero el Feo, su hijo Ricardo Moreno Mondéjar “Media Oreja” (Córdoba, 1865-1940) y su nieto José Moreno Rodríguez “Onofre” ( Córdoba, 1893-1972), junto a los inolvidables nombre de Niño Genil, El Sota, El Niño de la Magdalena, Pepe Lora, así como los actuales Fosforito, Antonio Ranchal, Pedro Lavado. Y, según los críticos, puede hablarse perfectamente de tres estilos diferentes de Soleá de Córdoba. Íntimamente ligadas a las de Triana, Utrera y Paquirri El Guanté.

 

SOLEARES DE LEBRIJA.

 

A mi inolvidable amigo y “Maestro” Juan Varea (1908-1985) le debo yo el conocer el cante por “Soleá de Juaniquí”, nombre artístico de Juan Moreno Jiménez (1862- 1946). Por el tiempo en que vivió, pudo haber dejado grabadas sus soleares y conocerlas directamente, y no a través de sus fieles seguidores: Tía Anica La Piriñaca, Niño de Las Cabezas, Joselero de Morón, Antonio Mairena, Juan Varea, entre otros. El cante de Juaniquí se caracteriza sobre todo por su especial forma de llevar a cabo algunos tercios: subidas muy fuertes y bajos contrapuestos, pero, en general, recordando los ecos flamencos de otros artistas- La Andonda, Serneta, Niño Medina…-, es decir, son “recreaciones” que pueden ser consideradas verdaderas creaciones, por tal motivo se habla en la historia de los cantes de la “Soleá de Juaniquí de Lebrija”. Sólo nos queda ya recordar el nombre de José Vargas Vargas (Lebrija, 1903-1974), conocido artísticamente como “EL CHOZAS”, cuyas recreaciones soleaeras están basadas en los ecos de Lebrija, Jerez y Triana. “Sus cantes- afirma el flamencólogo Soler Guevara, se alimentan vivencialmente de una “anarquía” a veces un tanto surrealista, que los marca con un sello inconfundible, pese a que deben préstamos a las soleares de Juaniquí”, cfr. op.cit., pág. 295 (Málaga, 1992). Esta es la reflexión que yo he tratado ofrecer, en estos doce capítulos, al difícil y complejo mundo de la Soleá. Su interpretación me produce, es lógico, mayor placer espiritual. Pero el papel se resiste a ello.

 

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