| Beato Fray Leopoldo de Apandeire |
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| escrito por Alfredo Arrebola | |
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BEATO DE FRAY LEOPOLDO DE ALPANDAIRE.
MIS VIVENCIAS CON FRAY LEOPOLDO. Alfredo Arrebola Todo pasa y muere, como pasa y muere la ola que va deshaciendo la espuma de los grandes océanos. Sin embargo, existen hechos, momentos o circunstancias que jamás podrán borrarse; quedan tan fuertemente impresos en la mente, que sólo la muerte puede destruirlos. Esto me ha ocurrido a mí con la imagen grabada, en lo más profundo de mi alma, de aquel sencillo “hermano limosnero” franciscano capuchino: Fray Leopoldo de Alpandeire. Lo he dicho infinidad de veces: sólo puedo presumir en esta vida de haber estado, día a día, con Fr. Leopoldo durante la etapa de mi vida religiosa. Yo me siento profundamente orgulloso de haber sido “fraile capuchino”. Así de sencillo. Hoy, sólo me consuela saber lo que está escrito en los mismos evangelios: “Muchos son los llamados, pocos los escogidos” ( Multi sunt vocati, pauci vero electi). A los cuatro vientos proclamo yo haber realizado y cumplimentado la etapa de novicio en el Convento de los Padres Capuchinos de Granada. Lejanos tiempos, pero siempre recordados: 1954 -1955. Sucedió en julio de 1955, y ante la presencia del Padre Fray Salvador de Montefrío- Guardián del Convento -, Padre Fr. Ángel de León, primer biógrafo de Fray Leopoldo, Padre Fr. Benito de Illora, Padre Fr. Manuel de Pedrera, Hermano Fray Leopoldo…, yo pronuncié mis “votos simples” de obediencia, pobreza y castidad, tal como ordena la Regla Franciscana del Seráfico Padre San Francisco de Asís. Y, además, me honra y llena de satisfacción el verme retratado con Fr. Leopoldo, foto-recuerdo de la visita del Padre General de la Orden Capuchina (noviembre de 1954), que está colgada en una de las columnas que hay en la entrada de su capilla en la Iglesia de los “Hermanos Menores Capuchinos” de Granada. ¡Cuánto daría yo por seguir los pasos del bienaventurado – nunca mejor dicho – Fray Leopoldo!, beatificado el día 12 de septiembre en un acto que tuvo lugar en la Base Aérea de Armilla (Granada). La Iglesia ha instituido el día 9 de febrero – fecha de su muerte (1956) – como el día del Beato Leopoldo de Alpandeire, en el siglo Francisco Márquez Sánchez, nacido en el pueblo de Alpandeire, (Málaga- España), el día 24 de junio del año 1864 de padres humildes y trabajadores, siendo bautizado el 29 del mismo mes, recibiendo los nombres de Francisco Tomás de San Juan Bautista; en el seno de la familia recibió la primera educación humana y cristiana. De sus padres, Francisco Tomás, aprendió los buenos modales, los principios cristianos y las prácticas religiosas. De labios de Jerónima, madre cristiana al recio estilo español, aprendió a rezar. De su padre aprendió la “hombría de bien” y el valor del trabajo. Ya, desde temprana edad, Francisco Tomás ayudó a sus padres en las rudas tareas del campo, que le sirvieron para forjar su carácter generoso y como experiencia en su vida concreta, tal como leemos en la biografía leída por el P.Fray Alfonso Ramírez Peralbo, en el rito de Beatificación (El Adalid Seráfico. Septiembre-Octubre 2010). Me harían falta – lo digo con la mayor sinceridad – bastantes páginas para dar una verdadera y auténtica semblanza de nuestro Beato, porque fueron muchas las horas que compartimos los “novicios” del curso 1954-1955, guiados por la sabia y prudente mano de mi inolvidable y admirado Padre Fr. Pedro de Málaga, hombre de singulares dones en la dirección espiritual de aquellos jóvenes que sufrían muchos y variados contratiempos. Pero él nos enseñó no sólo a tener plena confianza en Cristo, sino – ¡cómo no! – también a vernos en la difícil sencillez, prudencia y espiritualidad de Fr. Leopoldo, religioso de conducta ejemplar, constante en la participación de la Eucaristía; fiel en el cumplimiento de las obligaciones diarias y, aun careciendo de una gran cultura, era plenamente consciente de los problemas de su tiempo, a saber, de la sublevación Cubana en la que perdió a su hermano Juan Miguel, de los tiempos de la guerra carlista y de la restauración de la Primera República, cuyos efectos fueron también muy notorios aún en las realidades periféricas del pequeño pueblo de Alpandeire. Jamás se borrarán de mi mente aquellas encantadoras reuniones con Fray Leopoldo, ni menos aún cómo nos contaba su transcurrir en el “mundo mundano”. Apoyado sobre sus bastones, iba el hermano Leopoldo narrando, con la bondad que caracteriza al anciano, cuánto había sufrido para decirle a María – su novia – que “…. Dios le había llamado para la vida religiosa, María”. La risa y la inocencia se juntaban en sus benditas mejillas. ¡Aquello era un verdadero cuadro de Bartolomé Murillo! Porque debo decir que, siendo joven, el Siervo de Dios vivió un periodo de noviazgo, hasta que, cumplido el servicio militar, durante las fiestas de la beatificación del capuchino Fray Diego José de Cádiz - ¡qué devoto era Fr. Leopoldo del “Apóstol de Andalucía”!- en Ronda (Málaga), maduró la decisión de seguir el ideal franciscano, tras haber oído la predicación de aquellos venerables y piadosos capuchinos. Una vez superadas algunas dificultades e incomprensiones – cumplidos ya los 35 años - entró en el convento de Sevilla, en donde se le impuso el nombre de Leopoldo. No puedo silenciar, porque todavía siguen vivos en mi espíritu, las vivencias humanas, espirituales y religiosas que tuve la suerte de compartir con mis compañeros, con los devotos y nobles Padres Capuchinos y, sobre todo, la buena formación humanística que, día a día, iban sembrando en mí, joven inquieto y un tanto romántico que tenía su mirada puesta en Fray Leopoldo, hombre inmerso en un vigoroso y sereno espíritu de contemplación y de entrega total a Dios, cuya presencia percibía en todo momento con fervor y gratitud. Y no menos me miraba en él porque Fr. Leopoldo luchaba con todas sus fuerzas por encarnar en sí mismo, con sencillez y coherencia, la conducta del Pobrecillo de Asís – el “Alter Christus” -, cuya Regla había perfectamente interiorizado. Jamás podré olvidar cómo a mis propios familiares – de manera especial a mi difunto padre Aurelio Arrebola, hombre sólo un poco agnóstico – llamaba la atención la recia figura y presencia real de aquel humilde y sencillo “Hermano lego” (fraile sin estudios ni consagración sacerdotal en las “Ordenes Mendicantes”). Pero – lo digo a gritos – la espiritualidad de Fr. Leopoldo resplandecía con total y perfecta normalidad. Porque también debo añadir que no se manifestaban en él ni especiales dotes humanas, ni maravillosos carismas espirituales, sino una sencilla e interior conversación diaria con Dios, al que consideraba como un amigo y maestro, como fuente de vitalidad y fin de toda acción. ¿Cómo borrar de mi mente aquel “¡Todo por amor de Dios, hermano!” (Sit amore Dei, frater), que era la expresión más frecuente de sus labios?. Y es que, así lo veíamos, el Beato estaba totalmente convencido de que el amor de Dios era, sin la menor duda, la mayor de las virtudes. Por ello, pues, nada de extraño tiene que las gentes acudieran a Fr. Leopoldo, aunque no fueran creyentes, porque veían en él a un hombre que, con sólo su presencia, les estaba hablando de Dios. Como tampoco nos llama la atención que en la actualidad la imagen de Fr. Leopoldo esté presente en los abanicos, en los bolígrafos, en los llaveros, en las libretas, en los calendarios, en las gorras…., porque el Beato Leopoldo era, sencillamente, muy buena persona y, sobre todo, modelo perfecto para cuantos sientan inquietudes de perfección cristiana. Nunca hacía Fr. Leopoldo distinción de clase social, y siempre servía a los que más lo necesitaban. Tantas cualidades, que yo comprobé con mis propios ojos, adornaban al humilde y fiel “hijo de San Francisco” que han hecho decir a una alta jerarquía de la Iglesia, Monseñor Carlos Amigo, que el ejemplo vivo y constante de Fr. Leopoldo – posiblemente canonizado muy pronto - nos hace admitir, en estos tiempos difíciles, que … “ al final el que triunfa es el hombre honrado”. Todo el perfil biográfico de Fr. Leopoldo de Alpandeire puede reducirse a que por donde quiera que él pasaba dejaba que todo quedara traspasado del soplo creador de Dios, como rotundamente afirma Fr. Alfonso Ramírez Peralbo, Vicepostulador de la Causa “Pro Fray Leopoldo”. Ya anciano, resbaló por las escaleras de un portal sufriendo la fractura del fémur. Afortunadamente y sin operación, los huesos le anudaron; regresó al convento y pudo caminar con la ayuda de dos bastones – así lo conocí yo -, pero ya no volvió más a la calle. ¡Cómo bajaba las escaleras para ir a la Capilla y rezar ante su Divina Pastora!, o ¡cómo subía a su celda – donde, más de una vez, los mismos novicios lo echábamos a la cama y le limpiábamos los pies! ¡Qué ejemplo más sublime de sencillez franciscana! Y cómo sin el menor esfuerzo se captaba la “sublimación de la rutina, sacar agua del secarral”, como tan acertadamente dijo del ejemplar limosnero un periodista sevillano. Tras su caída, pudo Fr. Leopoldo entregarse totalmente a Dios que era la pasión y el gran amor de su vida. Nos contaba chascarrillos y había que verlo cómo se reía con nosotros. ¡Cómo lo queríamos, sencillamente! Por eso me honro y me lleno de satisfacción por haber compartido los mejores días de mi juventud junto a un ser tan extraordinario, un religioso capuchino que en el ritmo silencioso de su vida diaria, vivida, minuto a minuto, con perfección excepcional, se iba cumpliendo una progresiva transformación a imagen de Jesucristo. Alguien ha dejado escrito que la vida de Fr. Leopoldo fue “una vida hecha de muy pocas cosas. En la objetividad de su vida pueden descubrirse las cosas grandes que Dios realizó en él. Así son los santos. Lleno de Dios pasó nuestro Beato los tres últimos años de su existencia terrena, hasta irse poco a poco consumiendo “… cual llama de amor vivo”:
Pero esa llama se extinguió. Con el beso de la “hermana muerte”, Fray Leopoldo, el humilde limosnero de las tres Ave Marías, se durmió en el Señor. Era el 9 de febrero de 1956, a los 92 años. Yo me encontraba en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), estudiando Humanidades. “Más de medio siglo – escribe el Rvdo. Padre Fray Ángel de León – cfr. “Mendigo por Dios”, pág. 12 (Granada, 1974) de caminar penitente, descalzo, sembrando por el ancho mundo la seráfica semilla del buen ejemplo, repartiendo generosamente la bondad, que era su gran riqueza. Es notorio que la fama de santidad que acompañó a su vida, creció aún más después de su muerte. Una inmensa y sana alegría llenó mi alma, cuando su Santidad Benedicto XVI ordenó que “… de ahora en adelante pueda ser llamado Beato y que se pueda celebrar su fiesta en los lugares y según las normas establecidas por el Derecho, el 9 de febrero de cada año, día de su nacimiento para el cielo”, como se lee en su “Carta Apostólica”, 8 de septiembre del año del Señor 2010. ¡Qué bien vienen aquí las palabras de la Sagrada Escritura: “Mejor es el día de la muerte que el del nacimiento” (Ecle. 7, 1). Beato Leopoldo de Alpandeire: Honor, Gloria y Honra de la milenaria Orden Franciscana, columna vertebral de la Iglesia Católica en la figura del “Poverello”. Y, finalmente, si estas breves y simples reflexiones contribuyeran a un mayor conocimiento de sus virtudes en beneficio espiritual de cuantas personas las leyeren, yo, usando las propias palabras del ejemplar limosnero, diría: “¡DIOS SEA BENDITO!”
Villanueva Mesía, 12 de febrero de 2.011.
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