| Fuentes Literarias y Populares de la Saeta 1 Parte |
| escrito por Alfredo Arrebola | |
| sábado, 12 de enero de 2008 | |
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Toda la historia tiende a Cristo y viene de El; la aparición del Hijo del Hombre es el eje de la historia humana. Así lo manifestó el filósofo alemán Hegel. Y es que la venida de Cristo a la tierra cambió por completo el sentido de la historia. Sinceramente creo que nadie puede negar esto, sea o no creyente.
El Divino Maestro ofreció a la humanidad una doctrina que inspiró a los más excelsos poetas y pensadores. Y a ese mismo Maestro le ofrece el pueblo andaluz, año tras año, todo lo que siente y vive en sus propias carnes: La Saeta, historia de un pueblo espiritual y creyente. Muchas son las veces que he dicho que mientras haya poesía, habrá flamenco: dos manifestaciones artísticas íntimamente relacionadas. Poesía y copla; música y copla cristalizan, perla única, en sus profundidades. Valen por una confidencia, y cumplen función consoladora de psicológica expansión:
El flamenco es un sistema complejo de vivencias, cuyo contenido está perfectamente en el cante hecho oración: LA SAETA. Pues, ¿quién puede negar que, desde siempre, el canto ha sido compañero inseparable en las conmemoraciones religiosas?. La historia de la humanidad así lo testifica; el propio Platón nos dice en su “República” que “la razón, unida a la música, conserva por sí sola la virtud durante toda la vida en el alma donde habita”. Y la saeta, como cualquier otra expresión musical, no debe aislarse del resto de los acontecimientos socio-culturales correspondientes al medio en que nace y se desarrolla. Así lo atestiguan Luis Melgar y Ängel Marín Brújula en “Saetas, pregones y romances litúrgicos cordobeses”, pág. 11 (Córdoba, 1987).
Según el criterio de los musicólogos, resulta difícil delimitar los orígenes e influencias en la primitiva música cristiana, aunque sí el fundamento de la misma que los historiadores sagrados basan en citas del Antiguo y Nuevo Testamento. Desde el cántico de Moisés y los hijos de Israel que entonaron al Señor, pasando por el que David expresó su dolor y su duelo en un canto plañidero por la muerte de Saúl, o cuando en el Libro de los Paralipómenos se habla de los cantores, salmistas y tañidores de instrumentos. Sabemos, por otra parte, que todos los pueblos practicaron las procesiones como un derecho divino y humano; y así, la Biblia hace mención a las distintas procesiones efectuadas por el pueblo escogido, sobresaliendo las que por orden del mismo Dios realizó Josué alrededor de los muros de Jericó, o la que realizaron los israelitas después del cautiverio de Babilonia celebrando la reedificación de los muros de Jerusalén; recordemos, también, la procesión para trasladar el Arca de la Alianza al Templo. Por tanto, admitido el origen bíblico de las procesiones por el pueblo cristiano, se alentaron éstas para obtener el auxilio divino, o para dar gracias. Aquí me parece ver el fundamento de cómo el pueblo entona sus saetas a las sagradas imágenes de Jesús y María, y, después de aquel canto, todos al unísono dijeran: ¡Viva la Virgen de los Dolores!, ¡Viva Nuestro Padre Jesús Nazareno!. Así las oí yo cantar en mi pueblo – Villanueva Mesía – cuando aún era un niño que apenas podía entender el significado de la Semana Santa. Aquellas saetas quedaron grabadas en mi memoria:
Para memoria de aquellos recuerdos, las dejé grabadas en “Antología de la Saeta” (Málaga, 1985) y “Raíces de los cantes flamencos”.Vol. 1(Málaga, 1993).
La saeta, copla litúrgica, nace para que el pueblo haga pública manifestación de fe. El saetero se desliga de todo lo externo y en un acto de rito solemne, intensamente impregnado de emoción. Es mi propia experiencia como cantaor. Por ello, considero que la saeta es uno de los más difíciles cantes, porque no se trata sólo de cantar y esperar el ¡olé!- que no sirve para nada -, sino que es sentir a Dios en uno mismo. El cantaor se convierte en un poeta que, a veces, compone sobre la marcha sus propias saetas. Así lo hacía Manuel Vallejo, quien cantaba sólo las coplas compuestas por él. El cantaor-poeta – “creador de belleza” – religándose/ “religare”- la belleza humana con la divina. Por tal razón, Benito Más y Prat –cfr. “La tierra de María Santísima” (Barcelona, 1891) nos dijo que “ así como se conservan en los cantos rapsódicos de Grecia las aventuras de los dioses; las SAETAS, rapsodias populares de los evangelios, conservan en la imaginación del pueblo andaluz, vivos y con sus tristes colores, todos los detalles de la gran epopeya del Gólgota, observándose en sus ligeras y muchas veces incompletas estrofas, los toques magistrales de esa musa sencilla y apasionada a la vez, que vive en medio del arroyo y suele pisar el légamo sin mancharse”. Más de una vez he sido testigo de cómo algunos cantaores han compuesto su copla en el mismo momento de contemplar la sagrada imagen. Yo, en mi vida artística, puedo decir como san Pablo: “ veritatem dico, non mentior = yo no miento, digo la verdad. Así ha sucedido. Por eso, la saeta, literariamente considerada, no es sólo recuerdo de los pasajes que hablan de la Pasión y Muerte de Cristo, sino que es una oración que implora la intercesión divina, y jamás el hombre-cantaor puede sentirse más unido, más “religado a Dios” que en el momento de cantar en nombre del pueblo y en el suyo propio. Es el momento en que el cantaor pregona públicamente la fe y el dolor de un pueblo ante la más trascendental de todas las tragedias que ha sufrido la humanidad: el drama suicida:
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